De la poesía reciente en Venezuela
DE LA POESÍA RECIENTE
EN VENEZUELA
Miguel Marcotrigiano L.
Joan Magarit, buen poeta catalán y
excelente reflexivo acerca de la poesía y sus alcances, fantasea en sus Nuevas cartas a un joven poeta acerca de
cómo sería, en estos días, si un aficionado a los versos se le acercara a Rilke
para solicitar sus consejos sobre un material recién escrito. Lo primero que
señala es que, seguramente, este joven aedo se presentaría con un librito ya
publicado. Es decir, con un material terminado, avalado por alguna casa editora
y la venia de los amigos y una crítica ausente. Obviamente, tal panorama surge
(siempre según Magarit y lo secundamos) debido la facilidad en nuestros días
para publicar.
En Venezuela, la situación no es muy
diferente. Contrario a lo que algunos puedan suponer, estos son días propicios
para la publicación inmediata, ajena a todo rigor selectivo. El Estado, a
través de sus casas editoras, es el que más títulos lanza al mercado. Tanto es
así, que al lector interesado por saber qué se está publicando en poesía en
nuestra nación se le hace prácticamente imposible enterarse bien de ello. La
explosión en esta área es tal que quien publica en El Perro y la Rana, or
ejemplo, queda sumergido en el anonimato que dan las masas. No es este el
espacio para discutir si tal hecho hace bien o mal a la poesía venezolana y no
entraremos a dilucidar acá si vale la pena número tan exagerado de
publicaciones: la inclusión puede descubrirnos nuevas y excelentes “plumas”;
pero también, puede que solo atinemos a contemplar un mar apocalíptico desde
una orilla en la cual quedamos perplejos.
Por otra parte cada vez más los
“jóvenes” autores tienen a mano el recurso tecnológico y, quien menos, posee su
propio blog o página web. Si, en nuestro país, la publicación electrónica
todavía está lejos del futuro promisorio que nos advierten, también es cierto
que, en el caso de la poesía de los desconocidos, puede esta ofrecerse a la
mirada de amigos y extraños.
Ambos casos (el de las publicaciones
masivas y el de las que nos ofrece la tecnología) permiten colocar a los ojos
del lector experto y también del casual (y a veces desprevenido) un producto. Lejos
queda la opción de la carta (en el caso de Rilke y su angustiado joven poeta) o
de los manuscritos que acercan los bisoños al poeta con trayectoria o al
coordinador del taller para evaluar de alguna manera si eso que allí se lleva
es poesía o, por lo menos, poesía con futuro. La duda de si se es o no poeta
queda despejada de antemano y avalada por una publicación (¿publicaste un libro
de poesía?, pues ya eres poeta).
Todo lo dicho hasta ahora es
completamente debatible y no pretendemos sentar cátedra, sino tan solo plantear
inquietudes. La facilidad de publicación permite, de manera natural, que
circulen muchos libros de autores noveles con suficientes detalles de
ortografía, sintaxis y/o tipeo, que hacen que el libro quede descartado por la
crítica (escasa, en su sentido estricto, por demás). Si a esto le sumamos lo de
siempre: un periodismo literario complaciente o cercano al joven poeta, que
pretende suscribir la calidad literaria del trabajo novel, y sellos editores
que no filtran (porque desconocen) los libros con “rugosidades”, entonces
entenderemos por qué la joven poesía (el adjetivo no tiene que ver con la edad
del aspirante a poeta) pasa por un periodo, este que estamos viendo, en el que
hay que afinar más que nunca el ojo.
Estas publicaciones, desde nuestra
perspectiva, presentan síntomas como los siguientes: poemas que no dicen nada
porque no hay nada que “contar”; lenguaje pseudo poético, sustentado en
clichés, frases hechas, y una idea poco ponderada de lo que es la desviación
semántica; textos carentes de ritmo, melodía y/o cadencia (quiero decir
trabajados); falta de conocimiento sobre los espacios en la página en blanco y,
por ende, sobre la distribución de las palabras en esta (que, en la mayoría de
los casos demuestran que los vocablos fueron esparcidos caprichosamente); poca
conciencia de los significados primeros de las palabras y, por tanto, torpe manejo
de su uso, entre otros sucesos adversos.
En algunos casos, los poetas
recientes demuestran muchas lecturas previas (asimiladas, queremos acotar) y un
sesudo manejo del lenguaje y la forma como presentan el contenido pero, de la
misma manera y al mismo tiempo, este parece poco interesante, vacuo, pura
“ficción” o demostración de virtuosismo verbal carente de sentido. Detrás del
poema, bien escrito, cuidadosamente tallado, no hay nada de qué dar cuenta. Estos
poetas zombi actúan casi mecánicamente, hacen la labor encomendada y nada más.
Suelen salir de los talleres de creación, donde cumplieron su rol
responsablemente, pero el fantasma de la vanidad así como el engolosinamiento
ante la oportunidad para publicar, los hace presa y responsables (junto al
editor, claro está) de lo que lanzan al ruedo de las publicaciones sin mayor
conciencia de lo que están haciendo.
El espacio que se nos ofrece para
estas divagaciones es (siempre es así) reducido. Por tanto, intentaremos
ofrecer una corta lista de autores y libros que consideramos de feliz aparición
en los últimos años. Conjuntos de poemas que logran ponerse al margen de los
detalles señalados como defectos. El Adalber Salas de Suturas, Alejandro
Castro y su No es por vicio ni por fornicio. Uranías y otros poemas, Francisco
Catalano de I, María Ruiz y su Putas
metamórficas, Vaskén
Kazandjián y su Invicto en la derrota,
la Ruth Hernández Boscán de Gramática de
las piedras, José
Delpino y su Fanes, Leonardo González
Alcalá el de Gesto quebrado, Claudia Sierich en Dicha
la dádiva y Víctor Alarcón y su Mi
padre y otros recuerdos. Libros que denuncian a un autor con cosas por
decir y con un trabajo de lenguaje digno de considerar. La lista es brevísima y
tanto estos poetas cuanto muchos ausentes en esta nómina se encuentran tramando
lo mejor de la poesía venezolana de este siglo XXI que apenas comienza.
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