Poesía femenina de los ´90
DELTA
POÉTICO DE LAS AUTORAS VENEZOLANAS
DE LOS 90 (SIGLO XX)
(Una muestra)
por Gregory Zambrano
A Elena Vera y Julio
Miranda, in memoriam
L
|
a pretendida búsqueda de exteriorización, de
conversacionalidad, de salida hacia la calle para encontrar en el entorno las
trazas de una cotidianidad tantas veces postergada, fue quizá el elemento
definitorio de la poesía venezolana de los ochenta. De la experiencia
capitalina, los signos de disonancia no ocultaban ninguna metáfora para la
sorpresa, los males menores de la gran ciudad, recogidos en la propuesta de dos
grupos literarios: Tráfico y Guaire.
De esos grupos emergieron voces que
marcaron con acento personal el quehacer poético de toda una década y surgieron
los poemarios quizás más celebrados de la poesía venezolana de los 80. De allí
surgieron las propuestas que venían de la noche y hacia la calle iban, y se
regodeaban en las bondades literarias del más pestilente de los ríos caraqueños.
La poética del manifiesto arropa una
conciencia que elude el intimismo de una tendencia mayoritaria de la poesía
anterior. Señala el manifiesto de ese grupo: “Con Tráfico salimos del
esencialismo, como hemos dicho, nos reconocemos en la historia: menos mal que
nadie puede calificar de “esencial” el tráfico; pasajeros, somos poetas de
transición, como toda poesía es de transición, solo que algunos siguen
aspirando a esa especie de galardón que significa conquistar, con la palabra
esencial, la salida de la historia, el supuesto hallazgo de la eternidad”
(Santaella, 1986: 74).
Pero en ello, apenas una mujer se impuso con voz personal y
atenta a la recuperación e inserción de su tradición: Yolanda Pantin (n. 1954).
Si bien es cierto que la experiencia de Tráfico y Guaire, sancionó un quehacer
que se fue desgastando y diluyendo en un hacer cíclico, lograron llevar la
poesía hacia la ciudad a través de recitales y permanecieron prácticamente
imponiendo su hacer en otras regiones del país. Esto podría ser tomado en
cuenta como un indicio cierto de un pequeño canon que en mucho determinó y
hasta limitó el eco de otras voces del país que no pasaron de un intento
silencioso.
Si bien es cierto que la división en décadas puede resultar
un ejercicio de disección que rompe el continumm histórico y pone en
crisis el sentido procesual e histórico de una percepción de la cultura a
partir de marcas del lenguaje, esta delimitación puede ayudar de manera
operativa a ver variables discursivas, formales y temáticas a manera de marco
referencial amplio. En ese sentido, “en los años ochenta se produjo no un
cambio radical, pero sí una redefinición, una apertura, una ampliación gradual
de las concepciones poéticas, de los proyectos creadores que subyacían e
informaban -en el sentido de dar forma- la poesía anterior; redefinición que ha
tenido como consecuencia la gama compleja de registros que exhibe la poesía
venezolana desde los años noventa hasta comienzos de este segundo milenio”
(Isava, 2000:1).
Esas rupturas pasan por una revisión y un
deslinde de las poéticas antecedentes; sobre todo imponen una mirada aunque sea
de soslayo a la poesía en las décadas de los cuarenta y cincuenta, años en los
que al decir de Leonidas Morales Toro, “la poesía venezolana dominante era esencialmente
anodina, oscilando entre un formalismo inocuo y el pintoresquismo folklórico,
como correspondía a un mundo cultural cerrado sobre sí mismo, impermeable a los
verdaderos problemas de la creación y
del pensamiento del mundo occidental moderno y contemporáneo” (Morales Toro,
1999: 58), pero también están, la poesía comprometida de los sesenta, la reflexiva de los setenta, para dar paso a
una poesía irónica, exteriorista y callejera de los ochenta, “una poesía que
sigue buscando transmutar en cristalizaciones verbales un cúmulo de
experiencias, que ahora, es cierto, se toman de un espacio más amplio del
"campo de los posible", como diría Píndaro [...] Para hablar sólo de
un aspecto, la intertextualidad a la que se entregan estos escritores es mucho
más rica y compleja que la de sus antecesores, pues se ha ampliado el espacio
de referencias de manera inaudita: no sólo a la música popular, las
telenovelas, los acontecimientos y locales cotidianos ―como podría haberse
esperado―, sino al jazz, la música clásica, la historia y geografía europeas,
la mitología, la filosofía, la poesía clásica, además de los tradicionales
hitos de la poesía occidental que lejos de desaparecer se hacen ahora cuerpo en
el poema (Isava, 2000, 1).
Entre la transición de estas décadas, hay
trazas que definen la praxis poética y su arraigo “institucional”, lo cual se
manifiesta “con el gran número de premios, promociones gubernamentales,
certámenes universitarios, y más que nada, una proliferación tremenda de
talleres literarios. Estos talleres enfatizan, por su naturaleza, una
aproximación casi mecánica a la poesía. De ello que existe una preponderancia
del poema corto, hermético y retórico, en el sentido de que está elaborado bajo
una serie de parámetros pre-establecidos” (William Martínez, sd.)
En los ochenta la marca principal estuvo
acentuada en las propuestas de Casa o Lobo (1981), el libro inicial e
iniciático de Yolanda Pantin, donde el mundo de la infancia se asocia a lo
fantasmal, a los misterios encubiertos de la casa y la construcción simbólica
del hogar materno, ya distante en la memoria. Esta propuesta se radicalizaría
en otros poemarios de la autora, que aparecen al final de la década: La
canción fría (1989), El cielo de París (1989) y Poemas del
escritor (1989). O también en la propuesta de María Auxiliadora Álvarez, en
sus dos poemarios ya emblemáticos Cuerpo y Ca(z)a, “que se adentran,
respectivamente, en la expresión de las alteraciones corporales/psíquicas del
embarazo, o de manera más general, del extrañamiento y el distanciamiento
frente a lo otro en lo uno, y en la ruptura que se quiere zurcir con lo que es
(aparente y paradójicamente) más íntimo: la casa, el amor, la madre, etcétera”.
(Isava, 2000).
Otra experiencia verbal semejante, que intensifica la
exploración del lenguaje como prolongación del cuerpo, se encuentra en el
poemario de Maritza Jiménez, Hago la muerte, que explora en una forma
extrema y concisa las implicaciones del aborto. Y también Reina Varela, con Señales
de humo (1983) un poemario que registra con marcada ironía las labores
predestinadas al hogar como recinto indisociable de la condición de
mujer-esposa-compañera. Mención parte merecen las propuestas de Ana Nuño,
Mharía Vázquez, Laura Cracco, Patricia Guzmán y Sonia González, entre otras.
La
transición antológica de entre décadas:
Los
noventas se abren a un abanico de nombres y temas por demás extenso, en el que
se convocan unas voces, no ya bajo la impactante cacería del colectivo,
propuesta que subyace en el sentido gregario de Tráfico, por ejemplo, y que en
cierta medida invoca de manera solapada su proyecto utópico. Ahora son voces
aisladas, pocas circunscritas de manera incidental a algunos grupos literarios
(el de Calicanto, que dirigía Antonia Palacios y los ya consolidados del Centro
de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos), así como la exploración de un
pre-supuesto lector que ahora procura los espacios de encuentro que propician
las llamadas editoriales alternativas.
A riesgo de dejar vacíos y omisiones en
el registro, la década de los noventa mostró el surgimiento de nuevas autoras.
Lo que resulta llamativo, es una especie de desbordamiento, marcado por la
aparición y consolidación de nuevas autoras provenientes de diversas partes el
país. Con esa característica se rebasa un sino de pertenencia casi exclusiva al
paradigma centralizado –ejemplo del modelo administrativo del país― desde el
cual se rige y dirige, como en una especia de tensión entre centro y periferia,
la conformación de un panorama que se pretende nacional. Las poetas que inician
su publicación en la última década del siglo XX son: Marta Kornblith (Lima, 1959-Caracas,1997), María Antonieta Flores (Caracas, 1960), Manón
Kübler (Caracas, 1961), María Teresa Ogliastri (Los Teques, 1952), Adriana
Gibbs (Caracas, 1966), Margarita Arribas (Caracas, 1962), Beatriz Alicia García
(Caracas, 1966), Belkis Arredondo, Blanca Elena Pantin (Caracas, 1957), Julieta
León (Caracas, 1949), Sonia Chocrón (Caracas, 1961), Belén Ojeda (Caracas,
1961), Beverly Pérez Rego (Canadá, 1957), Dina Piera Di Donato (Upata, 1958) y
Moraima Guanipa (Maracaibo, 1961), entre otras, algunas de ellas hasta el
presente autoras de un solo libro.
Sería quizás arriesgado sugerir un
catálogo estático de preferencias temáticas, y como este es un trabajo en
proceso, me limitaré a comentar brevemente algunas de las líneas principales
que, a mi modo de ver, consolidan un hacer poético que intensifica las
indagaciones de sus pares de los ochenta y concentran mucho de los cambios que
desde las mentalidades finiseculares se intentaron transmutar en palabra,
sensorialización y toma de posición frente a la vida y sus correlatos. En ese
sentido, hay una mirada también exteriorista que no pasa por alto, o por lo
menos atisba la aceleración de hechos históricos, políticos, sociales,
científicos, que le imprimieron una dinámica de rupturas al orden mundial de
esos años, que Miguel Marcotrigiano sintetiza en su balance poético de los 90:
Años ´90: reunificación de las dos Alemanias, gracias al
debilitamiento de la antigua Unión Soviética; pasa a ocupar las páginas
manchadas de la Historia lo que en un tiempo fue la Guerra Fría; disolución del
bloque socialista; la Comunidad Económica Europea da paso a la Unión Europea;
estalla la guerra en Yugoslavia, y Eslovenia se proclama independiente;
mientras algunas regiones se negaban a cambiar su sistema político, otras en
cambio disfrutaban de nuevos aires político-sociales; finaliza en Chile la
dictadura de Augusto Pinochet; en Panamá, Noriega se rinde ante las tropas
estadounidenses; Irak invade Kuwait y los Estados Unidos de América desatan la
operación Tormenta del Desierto; asistimos a la primera guerra televisada y los
medios juegan un importante papel en este escenario; Bill Clinton gana las
elecciones presidenciales de Estados Unidos y es reelegido en las siguientes
elecciones; un africano, por vez primera, es nombrado Secretario General de la
ONU (Butros Gali) y Nelson Mandela es electo presidente de Sudáfrica; en la
ciudad de Los Ángeles se desatan grandes disturbios raciales a consecuencia de
un video en el que la policía apalea a un ciudadano negro; Rigoberta Menchú recibe el Premio Nobel de la Paz; soldados
americanos tratan de corregir la situación de guerra civil en Somalia; en el
continente europeo se observa una evidente inclinación del electorado hacia los
partidos de izquierda, a excepción de España; Olimpíadas en Barcelona y
Exposición Universal de Sevilla; nacimiento de Dolly, generada a partir del
genoma de una célula de oveja adulta, que inicia el camino de la clonación de
seres vivos; el proceso judicial que Baltasar Garzón emprende en contra del
general Pinochet, parece marcar un hito importante en lo referente a la
impunidad por delitos contra los derechos humanos… Estos y otros sucesos
acaecían en el mundo, señalando, directa o indirectamente, pautas de vida que
afectan al creador en cualquier rincón del planeta (Marcotrigiano, 2002:
15-16).
Las
voces de los noventa:
Debemos al talento y al sentido de la historia con que Julio
Miranda intuyó y construyó sus perspectivas panorámicas de la literatura
venezolana, y especialmente de su poesía, a su labor de antólogo debemos la
mejor y más ordenada vitrina de las poetas venezolanas de entre décadas, Poesía
en el espejo (1995). Esta antología, reúne a las autoras más
representativas de la que el mismo autor denomina “la nueva lírica femenina
venezolana”, y que reúne voces encabalgadas entre 1970 y 1994. De las autoras
que comenzaron a publicar su obra en la década de los 90, se antologa a Manón
Kübler, Lourdes Sifontes, Margarita Arribas, Sonia González y Jacqueline
Goldberg.
De estas autoras y de las otras que se mencionaron antes,
podríamos entresacar unas cuantas líneas temáticas que proponen un
distanciamiento de las poéticas anteriores y que, en vista de la metáfora
fluvial que da título a estas notas, mana un delta temático que voy a mencionar
rápidamente para luego quedarme con algunos ejemplos, o mejor, proponer una
muestra que represente esas búsquedas y expresiones:
La voz interior, que se desprende de la
escritura como terapia que culmina con una preparación para la muerte volitiva,
está en la poesía de Marta Kornblith (Lima, 1959-Caracas, 1997) autora de Oraciones para un Dios ausente (1995),
Sesión de endodoncia (1997)
y El perdedor se lo lleva todo
(1997).
Leamos un fragmento de su poema de su primer libro:
Me dices que te hable sobre mi vida
Yo te propongo un poema sobre la locura
Me propones una frase para desarrollar un poema
Poema es momento presente, lo que me ocupa
Me dices que me ponga en el lugar
de la que me hubiera gustado ser
Yo te digo que una actriz de cine
famosa para vivir y ser amada por miles
que es como volar por encima de una playa
y saber que aquella gente me mira y me llama
Eso es morir
O suicidarse
Vagar como un fantasma ausente
en la conciencia de miles sin cuerpo ni cara
Para verlo tomar palco entre miles estupefactos
y llamarme
Suelo
volar como una paloma herida
en una playa interminable
y dejar rastros de sangre
ante el tin tin ausente
de tu teléfono
llamarte es confrontarme con la realidad inexorable
de un fracaso.
Es sólo un
ejemplo, y como bien dice Miguel Marcotrigiano Luna en Las voces de la
hidra. La poesía venezolana de los años ´90: “La poesía de Martha Kornblith
nació y quedó condenada en los noventa. Su muerte impidió ver qué nuevos
derroteros daba para seguir su escritura. La existencia como peso, como culpa;
el lenguaje como única forma de exorcizar a los fantasmas. Su vida allí,
tendida, expuesta a la mirada de otros, quedará para siempre en la memoria de
quienes apreciamos, aunque ya lejos en el tiempo, el valor de la palabra, el
poder que ésta tiene para construir, pero también para destruir”
(Marcotrigiano, 2002, 39). Asimismo, producto de esa interioridad, pero con un
fuerte arraigo en la condición mujer-maternidad, la poesía de Carmen Verde Arocha
propone una búsqueda que comparte destrezas del lenguaje aprendidas de su
tradición inmediata y refuerza las nuevas, exterioristas y urbanas, de la coyuntura
histórica más próxima. Veamos dos ejemplos:
El miedo es felicidad/ Aunque sea
estéril/ En un campo que perdemos cada noche/ Los años vienen a la memoria/ En
el deseo de un hijo/ Que exalta el insomnio/ En este sueño que me aísla o me
expulsa/ Hacia el viento/ Tenue/ Sin ruido/ Cerca de la lluvia/ Adversos
mendigos de las rocas/ No hay más hojas en los recuerdos/ Si lo que anhelo es
fertilidad/ En las tierras del amor” (Carmen Verde Arocha, 1994, 21)
Y este otro, que muestra lo más urbano y
exteriorista:
Despierto/ en el rincón de una
plaza/ llena de mendigos/ prostitutas/ viajeros/ locos/ buhoneros/ niños/ que
venden boletos/ y escucho los autos/ los ruidos de las motocicletas/ y el
quejido de los hombres/ en otras sábanas/ en otros puertos/ en otras ciudades/
En el cielo/ ellos juegan ajedrez/ desnuda me elevo/ a cambio de un sudario/
que guarda una infancia perversa/ falta una sonrisa confortable/ Completar el tablero”.
(Carmen Verde Arocha, 1994, 30-31).
El cuerpo, llevado a un escenario extremo de significación, donde la
exposición de la desnudez, del deseo, con abierto énfasis en el cuerpo de la
otra, es una propuesta singular de la voz poética, un canto al amor homosexual
llevado a su máxima expresión temática (caso como el de Alejando Salas en Erotia), es el de Olympia (1992) de Manón Kübler, en el cual reconoce Julio
Miranda “el canto más desgarrado e
intenso de amor homosexual de toda nuestra literatura” (Miranda: 199, 279).
hagamos usted y yo un largo viaje por la
casa de los vivos. de esos ejemplares que, bien conservados, preguntan de usted
y de mí. hagamos un alto en el recorrido sobre su cama para sabernos vivas, que
somos la parte parecida a las tormentosas rayas de la noche, las que no vemos,
las que no probaremos nunca. deme usted la parte de su cuerpo, esa orilla que
nadie conoce, ni siquiera las intimidades de su baño ni los pudores discretos
de su espejo. quiero acostarme con usted a esta hora para saber que la tengo
debajo de una mano, las rodillas en su riñón, su espalda repartida
(Manón Kübler, Olympia)
En
el divagar, en la expresión circular, el deseo tiene un desplazamiento que se
regodea en la contemplación, o en la imposibilidad, como tratando de flanquear
las murallas de la otra, ya sin rodeos:
IV
Supongo que este aventurado ascenso de
hoy por las inveteradas paredes de la euforia ha de conducirme prontamente a un
abismo indescriptible. digamos que eso no tiene importancia en la medida que
podamos, usted y yo, malograr la criatura de la falta, como ha de hacerse en
las mejores poesías germanas, donde la indolencia pasa a ser forma de duda y de
tragedia para el más inmune de los hombres. lamento ser tan angustiosamente
moral y pretender que para tocar uno sólo de sus senos tenga que decirle tanto.
(Manón Kübler, Olympia)
La máscara, la identidad oculta, la voz de la otredad, son
también marcas presentes en algunas de las autoras más destacadas de la poesía
venezolana de esta década. Ya al filo de la misma, Alicia Torres, en su
poemario Fatal (1989), establece una serie de voces que sirven de
pretexto para indagar en su tradición y en otra mayor, la occidental desde la
cual se recuperan voces de mujeres: “Camila”, “Magdalena”, “Circe”, “Salomé”,
“Helena”, “Ifigenia”, “Penélope”, “Las Mujeres de Atenas”, etc., son una forma
de asumirse en esa tradición recuperando las marcas culturales plenas de
imaginación y reescritura, como por ejemplo en el poema “Camila”, historia que
ha trasladado su signo fáctico para convertirse también en mito de los amantes:
“Camila”
Iluminada
por el relámpago nacido del vuelo
de
un pájaro, Camila O’Gorman huye con un
sacerdote,
su amante, en1848.
Enrique Molina
No es de
señoras
esta
pasión
desenfrenada
No
está permitido
robar
pastores así
pero
ven sin más
amado
al
campanario
cuando
descuelgue la noche
y
santifica esta arritmia
que
me muerde
bajo
la enagua de bramante
Despójate
tú de esa negrura
que
cubre todo
lo
húmedo que mi boca reclama
Déjala
que repose
como
un lago de agua turbia
a
nuestros pies
De esta voz recuperada en la
tradición, otras, como la de María Teresa Ogliastri en Cola
de Plata (1994), indagan en una exploración de máscara que
raya en lo insólito, por ejemplo, en la personificación de un cetáceo:
“La fuente”
Inspiro
sumerjo
emerjo
de nuevo
espiro
vacío
los pulmones
soplo
de agua salada me descarga.
Un
ballenero observa mi fuente y piensa:
“¡Cadáveres
blancos enterrados en el aire!”
Enfila
su arpón de plata,
espero
tranquila.
Hoy
no cantaré,
no
huiré,
sólo
flotaré
y
si no acierta
me
quedaré varada,
encallaré
en la arena,
con
mi piel seca al sol
sobre
tierra extraña
desollada
no sentiré.
“Una
ballena suicida”
dirán
los niños corriendo hasta la playa
-dulce
cortejo-
tratando
de trepar esta masa exhausta
cubierta
de guijarros.
Y desde esta imagen se construye todo un universo
simbólico que repasa lo urbano, lo amoroso, lo vivencial, desde la perspectiva
autorial de un yo confesional muy particular:
“Amantes”:
Me he apareado con muchos animales/ no siempre de mi especie./
Una vez un león de mar/ al sur de
Nueva Zelanda/ me cortejó y quiso incorporarme/ a la docena de hembras de su
harén.
¡No fue posible entender tantos
dialectos!/ Una horrible foca elefante/ abrió su probóscide hinchable y bramó/
sonoramente antes de comenzar a luchar/ por mí con su adversario./
Esa foca murió joven./Una ballena
gris me enamoró/ a orillas de California
nadamos largos trechos/ golpeando
aleta con aleta en el retozo/ fue el despertar lo semejante./¡Me abandonó por
una morsa!/Cuando ya sucumbía brotó de las aguas
un hermoso delfín/ aprendimos
cronometrados/ a romper la superficie el uno/lanzado/ sobre el otro en un
abrazo de aletas/ hocicos y chirridos de gozo./
Se fue tras la madre en el
invierno./Los manatíes y dugongos/ jamás mostraron interés/ son vacas marinas que sólo saben
comer./Una espantosa orca/ espió largos años mi sueño/ hasta sorprenderme con
un resoplido/ nauseabundo./Casi logra silenciarme para siempre./¡Y ni hablar
del tiburón/ ese es un depredador/ de quien nunca me ocupé!
Otra vertiente en la obra de María Teresa Ogliastri, tiene asideros en
la misma tradición que parcialmente recupera Alicia Torres; la búsqueda en las
fuentes del mito y de la literatura griega clásica. Veamos como ejemplo este
otro poema de su libro Nosotros los inmortales (2002):
“Un rapsoda en Nueva York”
A esta gente no le interesa la historia
del valiente Aquiles
ni se conmueven cuando interpreto la
muerte de Patroclo.
Me gustaría narrarles la Biblia de los
griegos, contarles la
prodigiosa lucha de muchos héroes
inmortales, pero es tal
la algarabía que me invade el desaliento
y me refugio en el
templo. Saint Patricks acordonada por la
policía mece las
tres torres sobre la Quinta Avenida. Afuera, en la puerta
que da la
First Street, hombres con aretes
y mujeres
acuerpadas reparten panfletos que dicen:
“Lesbian and Gays
are
Gods Children”, mientras John O’Connor lee la homilía
en contra de abortos y engendros. Las
carrozas inician el
carnaval dejando apenas escuchar al coro
que canta “Holy,
Holy”.
Los de afuera están realmente enojados, John
O’Connor no cede ni trata de calmarlos,
su cara bizarra
empuña la espada ante blasfemos y
herejes. Execrados del
noble recinto, asustados, en el miedo, a
las puertas de Saint
Patricks gritan: “No Popes, no Priest”,
mientras los
Timbales del New York Band estremecen las
caderas al son
de ritmos soul y latinos. Creen que mi
túnica es un disfraz,
me empujan y se burlan de mi canto.
¿Acaso no saben de
mi fama? Me pregunto qué hago en esta
ciudad tan lejos de
la Ítaca de mis sueños. Hasta aquí llega
la voz del navegante
cuya tumba es el mar.
El enmascaramiento
parece ser una de las constantes más arraigadas en las poetas de los noventa,
es a veces una secuencia que atraviesa diversas propuestas unitarias en las
autoras de obra breve, pero también en las de obra más amplia y consolidada,
como la de María Antonieta Flores, autora de siete poemarios en la década de
los noventa y que por razones de espacio no comentaré en esta oportunidad.
En relación con la estrategia del
enmascaramiento, la poesía de Verónica Jaffé, ofrece un terreno fértil y
muestra quizás con mayor claridad ese recurso de ya larga tradición. El juego
de máscaras que ocultan a un hablante a veces demasiado comprometida con la
realidad o con su tradición. Así, en El arte de la pérdida (1991) y El
largo viaje a casa (1994), se entremezcla un universo significativo que se
reduce a algunas claves que se reiteran y son profundizadas: recreación del
mundo de la infancia con una fuerte presencia femenina en la familia, miedo al
nazismo, el erotismo y la condición de extranjeridad, son una forma de máscara
que se sustenta en el exotismo de muchos paisajes y distancias. Veamos un
ejemplo de cada libro:
“Un fragmento del diálogo entre Ulises y
Circe”
“¡Hasta
cuándo
amada
mía,
me
torturas
con
tus ojos inocentes,
con
tus manos bondadosas del dolor,
es
extraño en demasía!”
“¡No,
querido,
no
me entiendes!
Puedes
irte.
Nuestra
isla es la antesala del olvido,
en
el Hades te aguardan
los
mortales.
Lo
ignoras:
largos
años
me
ayudaste
a
intuir la sombra.”
También
está presente una velada recurrencia al tema del amor homosexual como una forma
de plenitud, o como una forma de salvación, la presencia de esos elementos
amorosos se ajusta a la convergencia de los espacios velados y el lenguaje
pleno del ocultamiento ante los ojos de los demás:
“Autopista Nº
95, Dirección Sur, New Jersey”:
La poeta holandesa extenuada
del paseo por la quinta avenida
se acomoda en el asiento
del pequeño automóvil y concluye
de esta forma la historia
de sus relaciones amorosas.
“Arrullar a una extraña en
brazos,
susurrar canciones al oído,
murmurar halagos y promesas
siempre tiene... un resultado
inevitable.
Cuando la mujer despierta
y parte en dirección a otros
brazos,
los murmullos, los susurros
se atragantan en la boca,
y la lengua, antes puente y
senda,
y sabor de cuerpo, sólo logra
proferir
los consabidos sapos y culebras.
Sapos y culebras son entonces
parte sustancial de los amores,
los extraños.
Podría hablarse, pues, in strictu
senso,
de una zoología del cuerpo y las
palabras”.
(El largo viaje a casa)
Adriana Gibbs, es una de las nuevas voces que van
perfilando un decir directo, el esfuerzo expresivo se deja ver no ya en los
discursos velados, en clave, sino más bien en una exteriorización directa,
fulminante, una mirada sin velos que va de lo emotivo a lo sensorial, en un
lenguaje llano, limpio, despojado de artificios retóricos:
“Blue station”
No
cantaré batallas ni grandes amores.
Tampoco
nombraré al joven que días atrás
pudo
hacerme temblar con sólo mirarme.
No
hablaré del dibujo de una niña
en
mi cuaderno de notas
ni
prestaré atención al lector de Últimas Noticias,
sentado
junto a una mujer que lee revistas de moda.
Hoy
no me detendré
ante
la muerte de un estudiante
a
manos de un país
ínfimo país.
Hoy
no puedo ser
Ni
siquiera un buenos días.
Como
quien sale de un túnel
para
ver la ciudad que espera
voy
extrañando el asombro
de
los primeros besos
la
bestia suelta en la urbe.
De
Caño Amarillo a Santa Paula
se
funda
mi
más triste estación.
O el tratamiento irónico de una condición marcada
por la lectura ochentera de la mujer y la soledad como un binomio, por ejemplo,
en aquel “Vitral de mujer sola”, con el que Yolanda Pantin establecía
prácticamente un mapa de reconocimiento, ahora Adriana Gibbs, lo toma por la
vía irónica:
“Solitudine”
Nunca supe
A qué se refería cuando me dijo
Usted no es mujer
de andar sola.
Hoy,
Sentada a la mesa
De aquellas palabras,
Sigo sin entender esta soledad.
(Adriana Gibbs, Parece otoño,
1993, 9)
Otra vertiente que apenas apunto
aquí es la de la recuperación de los signos de la infancia, el lenguaje, las
vivencias, como en una especie de tiempo detenido, recuperación no sólo
memorística sino también existencial: los elementos son las muñecas, los
lápices, el cuaderno de la escuela, en fin. De este universo están colmados los
libros de Margarita Arribas Para borrar a una niña (1991),
Beatriz Alicia García, Matarilerilerón
(1999), y también Púrpura (1998), de
Sonia Chocrón. Dos ejemplos:
Soy la primera
de la fila
tras
de mí
treinta
mandilones blancos
se
forman
Mi
brazo se extiende inútil
todas
las mañanas
tratando
de tomar distancia
(Margarita
Arribas, Para borra a una niña, 1991)
III
Mi
infancia huele a leche
en
las mañanas
a
loción de afeitar de papá bello
a
monedas para la merienda.
Sabe
a sangre de quijada rota
a
niñita disciplinada y estudiosa
sabe
a mocos y a chupetas
a
mar salada y tierra húmeda.
En
las noches huele
a
pan
a
mamá cansada
sabe
a beso de papá oficinista
también
cansado y casado.
En
las noches de mi infancia
hay
niñas congeladas de frío
magos
y príncipes azules
milenarias
historias árabes
hay
miedos
excusas
perfectas
para
meterse en la cama de papá bello.
Hay
como un silencio
la
reverencia hacia lo enorme
lo
inabarcable
el
cielo de mi infancia.
(Beatriz
Alicia García, Matarilerilerón, 1999)
En el otro extremo, la poesía de Blanca Elena
Pantin, heredera en parte de esa poesía de los ochenta que se construye en el
choque verbal frente a las estructuras de la ciudad, su voz recoge el andar
cotidiano, vertiginoso por la urbe, por los conglomerados, el supermercado y el
vacío existencial. Sus dos poemarios publicados, Poemas
del trópico (1993) y El
ojo de la orca (1997), dan cuenta indistintamente
de unos motivos que se recubren con el signo inevitable del desasosiego. Su
poesía se sostiene sobre la indefensión, la soledad, la resignación:
“La ciudad de las
aguas”
Conozco
sus manchas, el verde de los hongos y el musgo
la
hiedra de las casas
la
peste negra
Nada
me es desconocido de esta ciudad
He
sido testigo de crímenes
de
estafas
de
amores incipientes y confesiones
Yo
he vivido allí el invierno
Sé
del horror y la belleza de la ciudad de las aguas
Yo
me contemplo: nada me puede ser ocultado
(Blanca Elena
Pantin, Poemas del trópico,
1993)
Y también sobre esa soledad que roza las fronteras
a veces indescriptibles de la depresión. La gran ciudad, la soledad, los
millones de soledades:
Hay en el
cielo
una
tristeza del alma y el cuerpo
algo
de íngrimo y desvalido que nos toca
y
nos hace huérfanos
Árbol
solo de estepas
y
océanos
Solos
Así
nos sentimos
interpretados
por la lluvia que no cesa
Y
es lluvia
diluvio
y
lluvia
de
infancia de días de colegio
cuando
pensábamos la casa
y
tristeza de amores vividos
y
amigos que no están
y
de un país que es otro
donde
no nos reconocemos
Yo
llamo a eso depresión
y
me dejo
(Blanca Elena
Pantin, El ojo de la orca, 1997)
Otras experiencias se nutren de exploraciones un tanto insólitas dentro de
un panorama que en parte se apega al referente, a los libros, a lo vivencial
como intimidad, que concatena el cuerpo y el deseo como formas de mirarse en el
espejo. Lenguaje que parodia veces la autorreflexividad. En el caso de esa
poesía que se dispara hacia otros derroteros temáticos y formales, está la obra
de Beverly Pérez Rego, especialmente con Artes
del vidrio (1992) y Libro de cetrería
(1994), y también Sonia Chocrón (Caracas, 1961) con Toledana (1992), donde recupera “las formas propias del siglo XIII,
en donde ambienta la anécdota que recorre el libro. Un
itinerario sentimental por las relaciones amorosas entre Raquel, judía, y
Alfonso VIII. Dicho discurso evidencia una particularidad esencial, gracias a
la mezcla de las formas indicadas con la retórica literaria española del siglo
XVII y el vocabulario contemporáneo” (Marcotrigiano, 2002: 253) el libro plantea más que lo formal y
lexical, una concepción del mundo afianzada en el ideal hispánico de la Edad
Media, son libros sin definitiva adscripción a lo que pudiéramos considerar su
tradición cultural:
No me está dado amarte así
pues a los ojos de mi
pueblo
gentil eres
Es en contra de la ley ―dicen―
allegarme y conocerte
Y sin embargo cuánto
crece mi razón casta
y se hincha mi alma sin
mancilla
Ennoblezco en tu compaña
y troco
en hija pródiga de mi
raza
* * *
A veces ya muy noche
creo ver al amor como a
la muerte
Juntos entran en el
lecho blanco
y en duelo guerrean sus
dominios
Se lamentan palpitan
y exhalan el último
suspiro
cuando llega la hora del
éxtasis
Tendríamos
algunas otras autoras y propuestas temáticas qué comentar, pero ya es necesario
ir cerrando las cotas de este panorama. Las editoriales llamadas alternativas,
de escaso tiraje y de circulación restringida, casi que, de mano en mano,
posibilita, sin embargo, el contacto entre las nuevas experiencias poéticas y
los lectores, pero falta mucho por hacer.
Lamentablemente, la poesía venezolana y la
literatura de nuestro país en general, adolece de una eficiente red de edición
y distribución que permita poner en sintonía las nuevas voces con las de la
tradición, y ayude a conquistar lectores; por eso resulta siempre parcial un
ejercicio de acercamiento, más aún, esta lectura movida también por gustos
personales, que he querido compartir con ustedes. Llego al final de este delta
temático pues, como dice la canción, hasta aquí me trajo el río.
Gregory
Zambrano
Mérida,
octubre, 2002.
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
Isava,
Luis Miguel, “Relectura de la poesía de los ochenta” Verbigracia, El Universal
(Caracas), núm. 54, 13 de mayo de 2000.
Marcotrigiano,
Miguel, Las voces de la hidra. La poesía venezolana de los años 90,
Mérida, Ediciones Mucuglifo-UCAB, 2002.
Martínez,
William, “De la calle a la casa editorial: lo más reciente de la poesía
venezolana en los años ochenta”. http://www.calpoly.edu/~wwmartin/calle.html
Morales
Toro, Leonidas, Ensayo crítico-bibliográfico sobre Poesía venezolana
contemporánea (Décadas del 50 y del 60), Santiago de Chile, Universidad de
Chile, 1999.
Miranda,
Julio, Poesía en el espejo. Estudio y antología de la nueva lítica femenina
venezolana (1970-1994), Caracas, Fundarte, 1995.
Santaella,
Juan Carlos, Manifiestos literarios venezolano, Caracas, La Casa de
Bello, 1986.
Publicación
original:
“Delta poético de las autoras venezolanas de los noventa
(Siglo XX)”, en Gregory Zambrano (Comp.), Mujer: escritura, imaginario y
sociedad en América Latina, Mérida, Universidad de Los Andes, Dirección de
Cultura, Red Alfa, 2004, pp. 231-251.
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