POESÍA VENEZOLANA DE LOS AÑOS '90




POESÍA VENEZOLANA Y FIN DE SIGLO

Miguel Marcotrigiano L.
(De Las voces de la Hidra. La poesía venezolana de los años '90)

Aunque se ha afirmado que nunca segundas partes han sido buenas, hoy nos aventuramos en una nueva re-flexión acerca de la poesía venezolana de los '90. Hacia el año 1995, el generoso Juan Riquelme, editor y director de la insistente revista literaria Babel, tuvo la amabilidad de permitirnos publicar un número antológico que mostrara lo que hasta entonces, y según nuestro criterio (claro está), estaba ocurriendo con la poesía de nuestro país y de quienes habían comenzado a publicar por esos años del fin del siglo XX venezolano. Hasta entonces, que se sepa, no había habido intento alguno en tal sentido, salvo si consideramos el artículo de Rafael Castillo Zapata («Amor, mundo exterior —Apuntes apurados para una probable poética de los noventa», del 07-06-92), en el cual su autor no hacía otra cosa que seguir incursionando en los aportes poéticos de sus compañeros de la década de los ochenta.

Allí intentamos, desde un punto de vista absolutamente personal pero —pensamos— signados por el afán de la mayor objetividad que nos permitieran nuestras cir­cunstancias, ofrecer una antología que —basada en el criterio de lo que para nosotros como lectores era la calidad en estas artes— centrara su foco de atención en lo mejor de la poesía de los autores que desde 1989 comenzaron a publicar sus primeros libros. Se intentó, repetimos, recorrer la geografía poética del país, ayuda-do por otros enamorados de la palabra que sugiere. Dieciséis nombres –además del nuestro, gracias a otro gesto de amabilidad de Riquelme- mostraban una míni­ma selección de sus textos. No obstante, en el trabajo introductorio también mencionamos a otros que —por razones que no vale la pena discutir— no contaron con la «suerte» de ver sus poemas publicados en ese espacio. Poetas de Coro, Boconó, Maracaibo, Valle de la Pascua, Mérida, Los Teques y Caracas, quedaron antologados en esa oportunidad.

La década de los '90 (esa que comprende los libros de poesía publicados entre 1989 y 1999), se da con unas situaciones socio-culturales bien diferentes. Además de las vicisitudes, enmarcadas por un clima político que precede a esta «era del cambio», determinados sucesos son trasegados hasta el espíritu de quienes de una u otra forma enfrentan en unos primeros libros la escritura del poema. Así, los fallidos golpes de estado, el enjuicia-miento al para entonces Presidente de la República, la quiebra de instituciones bancarias, entre otros sucesos, van a determinar un clima signado por una definitiva sociedad empobrecida y desesperanzada, con particula­res resonancias en el ámbito sociocultural. Los poetas, «sismógrafos de la sociedad» (H. Domin), además de tener que sobrellevar el peso de una tradición estético-literaria, asumirán entonces lo que les toca vivir.

Estos noveles autores del género más cercano al espíritu, por su parte, también cuentan con unas características individuales que los agrupan más o menos en un mismo tipo: en primer lugar, casi todos están conscientes del influjo que representan en ellos los poetas de las décadas anteriores ('60, '70 y '80), debido a que también son lectores atentos de poesía, pues casi todos o bien poseen una formación universitaria (profesores de literatura, licenciados en letras o profesionales, en general), o bien participan de actividades académicas o de investigación en el área. La conciencia no está solamente determinada por su rol como lectores, sino que también poseen conocimiento del oficio, puesto que la mayoría ha participa-do en los talleres literarios (inciados en los '70 y conso­lidados en los '80), cosa que por lo menos asegura el trabajo artesanal y «experimental» o de «laboratorio». Además, estos talleres generalmente fueron dictados por los integrantes de las dos décadas anteriores o, al decir (o más bien, sugerir) de Carlos Sandoval (2000), quien ha incursionado con bastante acierto en el estudio de los '90, los beneficiarios de las prebendas culturales de la «Gran Venezuela» ('70 y principios de los '80), quienes llegaron a disfrutar de bolsas de trabajo, becas, premios, agregadurías o reconocimientos en general. Quienes comienzan a publicar en los noventa se convier­ten, así, en «herederos» de esta situación de bonanza.

Estos poetas, además de recibir el influjo de factores propiamente extra-literarios (políticas culturales, situa­ción y rol del escritor, dinámica general de la sociedad) —Sandoval, de nuevo—, van a recibir, más o menos, con los brazos abiertos, de los autores de los '80, el deterioro espiritual producto de su inserción dentro de la espiral de la crisis económica que se iniciaba. No obstante, los noveles aspiraban a las becas y a los premios y mencio­nes en los concursos, pues esto formaba parte de la cultura de sus predecesores.


No desconocemos que clasificar la poesía de una déca­da, tan sólo tomando en cuenta aquellos autores o agru­paciones que aparecen por ese entonces, y por vez primera, es una manera errada de considerar lo que la poesía genera en un momento histórico-literario deter­minado. Estamos conscientes de que, si queremos ana­lizar con profundidad lo que dicha década produjo, habría que considerar todo lo que allí se gestó, indepen­dientemente del momento en que los autores comenza­ron a publicar. Sin embargo, es nuestra la intención de echar un vistazo, precisamente, a aquellos que producen sus primeros libros durante la década en cuestión, pues­to que se trata de observar el aporte estético que los «nuevos» poetas suman a los caminos de quienes ya anteriormente se habían iniciado en estas lides.

Así las cosas, en los noventa los jóvenes poetas comien­zan a mostrar con la timidez del caso sus primeras publicaciones. Hemos considerado sólo los libros, pues­to que estos muestran un trabajo más acabado y nos permiten una visión más completa de los caminos inicia-dos que lo que podrían hacer las muestras en publicacio­nes periódicas, amén de lo agotadora que sería la inves­tigación en revistas, periódicos y suplementos literarios. Hay quien ha criticado el hecho de que no se incluyan autores que incursionaron en las publicaciones de los ochenta, pero que el grueso de su obra pertenece a la década siguiente... Mucho hay de cierto en tales críticas, mas por razones de organización y por un criterio bas­tante personal, ya expuesto, quedan fuera de esta pano­rámica quienes ya para antes de 1989 habían publicado su primer libro de poemas.

Otros autores, sumamente jóvenes, también quedan fuera de esta panorámica. Son estos quienes publican su primogénito hacia 1999, más por razones de la casa editora que los agrupa, que por otros motivos. Son primeros libros que, a nuestro juicio, no poseen . sustentación suficiente, la madurez necesaria que les permitiera a sus autores una visión más crítica y objetiva sobre su propio trabajo. A veces, se tenga o no conciencia del asunto, estas editoriales (así lleven el calificativo de «alternativas») se convierten en pequeños centros detentores de poder. Incluso hay quien ha sugerido que estas editoras intentan imponer voces con intenciones que no están del todo claras, por lo menos para algunos de nosotros. Estamos seguros de que en principio no se trata de otra cosa que de hacer notar el trabajo de quienes podríamos calificar de «novísimos»; pero hay espacios más propicios como las revistas, los papeles literarios y las antologías. Puede tratarse de una forma de ampliar el fondo editorial con estas ediciones cubiertas económi­camente por los mismos jóvenes, pueden ser otras las razones; lo cierto es que las publicaciones ya se han materializado y queda en el papel de los historiadores y críticos de nuestra poesía juzgar más adelante la validez o no de tales libros.

En el trabajo anterior intitulado «Lo exterior-lo interior: la nueva poesía venezolana», ya citado y publicado en la revista literaria Babel, N° 20, de Abril-Junio de 1995, haciendo un brevísimo recorrido por la poesía venezo­lana de los ochenta (antecedente inmediato y cierto de los poetas de los noventa), indicábamos que de alguna manera los libros publicados hasta entonces en esa década podían agruparse, en una primera instancia, en dos grandes esferas. Por una parte, aquellos que centra­ban su temática en el mundo interior (sus sentimientos, sus emociones, sus obsesiones) con toda la imaginería que la experiencia propia puede facilitar; por la otra, están quienes centran su mirada en lo exterior, en el mundo de afuera, usando así el recurso de la cotidianidad, lo conversacional, lo exteriorista, generando una forma particular que se adapte y represente aquello que no es otra cosa que el mismo mundo interior vestido con apariencia más objetiva, más libre de códigos personalísimos, accesible sólo a iniciados Así, hablábamos de cinco maneras (tendencias) diferen­tes de abordar la poesía, constituyentes a la vez de cinco núcleos temáticos más o menos agrupables bajo ciertas búsquedas:

1) aquella en que la voz se oculta tras la máscara de un personaje bien definido, creado específicamente para tal fin, o bien referido en la historia o en la literatura universal; en otras oportunidades, la referencia a paisa­jes o elementos exóticos constituye la forma de enmasca­ramiento (El laurel y la piedra (1991), de César Seco; Los vastos dominios (1991), de Octavio González; Toledana (1992) y Púrpura (1998), de Sonia Chocrón; Metálica virtud (1992), de María Isabel Novillo; Una hiedra negra para Sashne (1990) y Nueva York (1992), de José Jesús Villa Pelayo; La casa del hechicero (1994), de Freddy Fernández; Cola de plata (1994), de María Teresa Ogliastri; Libro de cetrería (1994), Artes del vidrio y Providencia (1998), de Beverly Pérez Rego; Dominar el silencio (1994), Ciudad sumergida (1997) y Desvelo de Ulises (2000), de Gregory Zambrano; Magdalena en Ginebra (1994) y Amentia (1999), de Carmen Verde Arocha; Sueño de un día (1997), de Luis Gerardo Mármol; El largo viaje a casa (1994), de Verónica Jaffé; El perdedor se lo lleva todo (1997), de Martha Kornblith; El Señor de la Muralla (1991), Canto de Cacería (1995), Presente que no en Ausencias (1995), Agar (1996), Los trabajos interminables (1998), Criba de abril (1998), y La desalojada luz de la tarde (1999), de María Antonieta Flores; Aghadir (1997), de Hermes Vargas; Mooreanas (1995), de Gabriel Araujo; Probremas de prostíbulo (1999), de Clea Rojas; Palabras de la muerte (1999), de Daniuska González; entre otros...).


2) herederos ciertos de la exterioridad puesta en boga por los poetas de los ochenta, otros autores de los noventa siguen utilizando como norte el mundo exte­rior, la cotidianidad, el lenguaje conversacional, para mostrar su imaginería particular (Notas para un diario temporal (1992), de Luis Felipe Bellorín; Poemas del trópico (1993), de Blanca Elena Pantin; Bajo el neón (1997), de Miguel Mendoza Barreto; Magenta (1999), de Framtho Salager; y Desadaptado (2000), de Roger Herrera Rivas; son algunos de ellos...)

3) otros autores, en un código sencillo, sin rebuscamientos, n`iuestran su interioridad matizada con toques de ironía (tal es el caso de Al margen de las hojas (1991), de Arturo Gutiérrez Plaza; De poetas y otras emer­gencias (1991), La hora de Job (1995) y Viaje a Penélope (1998), de Gonzalo Fragui; De viajes y encuentros (1994) y Cantos hiperrealistas (1997), de José Luis Ochoa; Algunas cuestiones sin importancia (1994), de Raúl Cazal; y Oracio­nes para un Dios ausente (1995), de Martha Kornblith, entre otros...)

4) a través de la lectura de maestros como Ramón Palomares y Luis Alberto Crespo, o bien mediante la experiencia propia, el tema de la tierra ha sido trasegado a la poesía de los noventa (así, tenemos a Animales del solar (1993), de Pedro Cuartín; Resguardos (1994) e Idioma de la esquina (1998), de César Uzcátegui; El espacio que reclama la espina, de Neveska Rodríguez; Este suelo secreto (1995) y Antigüedad del frío (2000), de Esdras Parra; Días solsticio (1995) y Territorios (2000), de Belén Ojeda; son quienes más destacan en estos lares...)

5) a estos rubros ya mencionados en el trabajo anterior, debemos añadir uno que se registra en todas las déca­das: nos referimos a aquellos autores que, más cercanos a lo que tradicionalmente se considera tema de la poesía, se agrupan bajo el denominador común de lo que po­dríamos llamar el poema de corte existencial. Lejos de formas que persigan la «novedad», se refugian en los temas que marcan su existencia (casi siempre el tema amoroso), en una suerte de mezcla de contenidos psico­lógicos, filosóficos y sociales (entre ellos podemos men­cionar Perfil de aguja (1993), de Pedro Suárez; Olympia (1991), de Manón Kübler; Paranormales (1992) y Desvia­ciones típicas (1995), de Víctor Ortega; Cuerpo bajo la lámpara (1997), de Luis Enrique Belmonte; El sonido y el sentido (1997), de Carmelo Chillida; En caso de que todo falle (1997), de Graciela Bonnet; Sed (1998), de Eleonora Requena; Presencia alterna (1998), de Carlos Baptista; Trayectoria hacia tu vientre libre (1998), de Isnardo Giusseppe; Poemas (1998), de Ernesto Zaléz; Entre obje­tos, respirando (1998), de Gina Saraceni; Labio ebrio (1998), de Celsa Acosta; Oquedades (1999), de María Soledad Ríos; Poemas de Pescado Rabioso (1999), de Rosa Amelia Asuaje; Cinco árboles (1999), de Alfredo Antonio Herrera; Lo inútil del día (1995), Que nadie me pida que lo ame (1997), Santuario del verbo (1998), Los gestos mayores (selección, 1998), Los pájaros de la fractura (1999), de Alexis Romero; entre otros...)

6) existen otros libros de difícil ubicación, bien porque constituyan una mezcla de varios de los rubros señala-dos aquí, bien porque su naturaleza no encaja en ningu­no de éstos (así está el caso de Oscuro ilumina (1999), de César Seco; La crin de Dios (1996), de Roger Herrera Rivas; o Cantares Digestos (1998), de Luis Moreno Villamediana).

Sin duda alguna, autores dignos de mencionarse en esta visión deberían estar presentes, pero bien se escapan a la memoria, bien son desconocidos por quien asume este panorama —por razones más del azar que por otra causa—. El recorrido que acabamos de hacer por la poesía venezolana de los '90, lejos de arrojar un saldo negativo acerca de lo que se escribió y publicó durante esta pasada. década, ofrece más bien un optimismo, por cuanto la variedad de estilos y temas señalados indican claramente que cada creador sigue caminos propios, sin necesidad de agruparse bajo lemas u organizaciones, a las que fueron tan dados los poetas de los ochenta. Huérfanos, entonces, de agrupaciones, los noveles diri­gen sus pasos hacia diversos ámbitos, procurando so­brevivir sólo con la fe puesta en sus propias palabras. No obstante esta ausencia de grupos, los poetas de los noventa se conocen y reconocen entre sí, pertenecen a una misma geografía de la escritura y se promocionan fundamentalmente entre ellos. Precisamente y refirién­dose a los narradorés de la década en cuestión, Sandoval (2000:14) argumenta la «falta de interés» de los creado-res de dichos años por «cohesionarse como grupo litera­rio», a la vez que destaca la «estrecha comunicación en la que se mantienen», así como el diálogo permanente en torno a sus obras, el compartir lecturas y la promoción mutua. «Prefieren funcionar como individualidades o como una gran «peña» abierta sostenida por la amistad, por la circunstancia de haber salido del anonimato justo en esta década y por tener edades cuyas diferencias entre unos y otros no rebasan los diez años». (ob. cit. pp. 14-15) Otro tanto podría decirse acerca de los poetas, con la salvedad de que la edad de ellos (si bien predominan los nacidos durante los sesenta) está enmarcada entre los 70 años y los 23.años, aproximadamente.
Como una muestra de la buena calidad escritural de los nuevos poetas, es preciso ofrecer una ligera visión sobre el trabajo de unos cuantos nombres representativos de estos noventa. Así, pasaremos a echar un vistazo por los libros publicados por algunas de estas voces...




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