Fin y comienzos de siglo (XX-XXI)


FIN Y COMIENZOS DE SIGLO (XX-XXI): SOBRE LA POESÍA VENEZOLANA RECIENTE

Por Miguel Marcotrigiano L.

       La cercanía a las cosas (a los fenómenos), es sabido, no cuenta con la distancia suficiente para que la visión sobre estas no se distorsione. El objeto se torna más y más borroso a medida que acercamos nuestros ojos para detallarlo. Tanto así, que bien podemos afirmar, en oportunidades, que “estamos tan cerca que no nos vemos”. A esto, por supuesto, no escapa la literatura. Más aún si tenemos en cuenta a la poesía, que es una manifestación estética que cifra su esencia en un mensaje personalísimo, a medio camino entre lo que hemos convenido en llamar la pasión y el intelecto.
            En Venezuela, escasean los estudios sobre la poesía de los últimos veinticinco años (aquellos que van entre 1990 y el 2015, aproximadamente). La cercanía a los poemas publicados en libros y la ausencia de estudios sistemáticos sobre esta producción plantean, para el investigador, ya un primer problema a salvar. Estamos acostumbrados a basar nuestras indagaciones a través de fuentes investigativas ya reconocidas por la academia o las instituciones ajenas a las universidades que se dedican a tales fines. Así las cosas, no queda otro camino, para este caso, que el tratar de entrar en contacto directo con la vasta producción de “poemarios”, editados por las más variadas editoriales estatales o las llamadas alternativas. Escasean también, lo sabemos y es otra limitante, las grandes empresas editoras privadas que se dediquen a llevar a materia esta “fenomenología del espíritu creativo” que denominamos “poesía”.[1]
            Ya en el 2002, que tengamos noticias, aparece el único trabajo de esta naturaleza que se dedica a la poesía venezolana finisecular (s. XX). Se trata de nuestra anterior investigación Las voces de la Hidra. La poesía venezolana de los años ´90, publicada por un esfuerzo conjunto entre la Universidad Católica Andrés Bello, de Caracas, y -curiosamente- la alternativa Ediciones Mucuglifo, de Mérida. La primera institución apostó por mi trabajo de ascenso a Profesor Agregado y, la segunda, porque era la editorial que había avalado mis trabajos de creación en el área de poesía y había percibido lo inédito del mismo. Y la investigación había nacido también por una razón personal y, si queremos, egoísta y hasta narcisista: comencé a colectar los libros publicados en el país durante los mismos años en que comencé a hacerlo yo. Quería saber qué se estaba haciendo en esta materia al tiempo en que aparecían mis primeros libros.[2]
            La indagación, en sí misma, comenzó hacia 1991 y su escritura abarcó desde el 2000 hasta el 2001. En ella se habla de la década de los ´90, lo que ocurrió en el mundo y en Venezuela en esos años, se intenta describir temáticamente cómo se verifican o agrupan las diversas producciones para, finalmente, desarrollar una serie de reseñas críticas acerca de sesenta y dos libros que, según nuestro criterio, mostraban buena calidad o destacaban positivamente sobre la muestra recolectada. Así, lo aleatorio no escapa a las características de ese libro. Como el estudio implicaba citar textos completos de los libros abordados, el público lector terminó creyendo que se trataba de una antología de la poesía de los ´90. Nada más lejano de la realidad. Sería más justo decir que estábamos ante un estudio antológico. Finalizaba Las voces de la hidra… con dos páginas y media que intentaban anunciar lo que ocurriría en la siguiente década y -creo que uno de sus mayores aportes- una “Bibliografía de la poesía venezolana de los noventa”, que incluía los datos editoriales de los libros publicados hasta la fecha por 161 autores revisados. En ese anexo, hoy día, hoy notamos la ausencia de por lo menos cuatro o cinco nombres de poetas que, en un trabajo de esa naturaleza, no se está exento de incurrir.
            El libro tenía un antecedente cierto, también de nuestra autoría Lo exterior-lo interior: la nueva poesía venezolana, un artículo en el número antológico de la revista Babel.[3] Este, luego de un breve panorama temático, recogía una muestra de cinco textos de cada uno de los diecisiete poetas seleccionados.
            Otra de las virtudes que atribuimos a la investigación de los noventa es que la revisión de esa poesía venezolana no se limitó a la capital del país. De alguna manera, más allá de la conciencia del investigador, las situaciones del mundo editorial así lo exigían. Al desaparecer la “casi exclusividad” de la publicación de poetas “nuevos” que tenían las editoriales con recursos para ello (Fundarte y Monte Ávila, por parte del Estado, además de algunas imprentas universitarias), se abre paso a las llamadas editoriales alternativas. Estas, de alguna manera, vinieron a sustituir a aquellas en esa labor y, por tanto, se hacía obligado echar una mirada a la llamada “provincia”, al “interior del país” (término cuestionable: como si la capital quedara en el exterior). Lo cierto es que, luego de la publicidad que generaran, casi programadamente, los grupos Tráfico y Guaire, centrados en Caracas, era muy difícil que desde el interior se hicieran conocidos los trabajos líricos, más teniendo en cuenta la casi ausencia de grupos que buscaran formas de promoverse.
            Mas, lejos de afectar esto de manera negativa, muy al contrario surgirán esas editoras alternativas que promocionarán lo de sus propias regiones. Más que surgir, diría que se afianzaron, cobraron fuerzas. Autores como Juan Liscano, Rafael Arráiz Lucca o Juan Calzadilla, por ejemplo, acudieron a estas editoriales. La falta de espacio para publicar, impulsada por la aguda crisis económica, llevó a autores “consagrados”, inclusive, a ubicar sus nuevos trabajos en las páginas de esas imprentas. ¿Qué consecuencia trajo esto, principalmente para la llamada nueva poesía?, pues que se multiplicaran y atomizaran las oportunidades de publicación. Esto, claro está, iba repercutir en las posibilidades de un investigador de donde sea, para poder hacerse con las publicaciones. No obstante, el empeño y la colaboración de amigos en las distintas regiones del país, hicieron posible esta realidad.
            Esa investigación de los ´90, claro está, iba a resultar muchísimo más complicada en el siglo XXI. Mas no por las razones que nos imaginábamos. Pensábamos que la crisis económica se iba a agudizar (como ocurrió, en efecto), mas no que iban a multiplicarse las ediciones de nuevos poetas (cosa que  también ocurrió), pero esta vez por las políticas editoriales del Estado. Monte Ávila se puso más a mano, ya no constituía una editorial difícil de alcanzar, y el Perro y la rana vino  a incrementar, pantagruélicamente, el número de publicaciones. No solo descomunalmente, sino que trajo un nuevo fenómeno y un nuevo inconveniente al momento de investigar sobre lo que se publica en materia de poesía en Venezuela.
            La política de la inclusión, con muy buenas intenciones pero con pésima administración (falta de criterios de selección, organización coherente de colecciones, lectores experimentados del género y correctores de comprobada experiencia) dio como resultado un nuevo anonimato, diferente al que debía enfrentar quien no podía publicar: los libros se perdían en muchas colecciones sin diferenciación de tipo alguno, se confunden y a veces no se descubren los nuevos títulos porque todos “son iguales” pero, lo peor, es que la falta de criterio que no sea otro que el de la inclusión hacía que el lector especializado sintiera que perdía su tiempo buscando la “aguja en el pajar” de la palabra. Si un buen libro quedaba entre muchos otros de mediana calidad, podía pasar inadvertido; bien sea porque el lector estaba cansado de leer siempre “lo mismo”, bien porque el desánimo no le permitía atisbar el buen trabajo. El recurrir, también, a un mismo diseño de portada, para abaratar costos, contribuyó con este fenómeno.
Así las cosas, y recorriendo la geografía poética del país (o, al menos de una buena cantidad de ciudades: Coro, San Cristóbal, Mérida, Maracaibo, Trujillo, Valle de la Pascua, Boconó, Barquisimeto, Cumaná, Ciudad Guayana, Caracas y otros lugares), observamos que en estos últimos 25 años los poetas asumirán lo que les toca vivir. Desde los fallidos intentos de golpes de estado (de los ´90), por ejemplo, pasando por la asunción del poder por parte del chavismo y, más recientemente, de sus “herederos”; aquellos que Hilde Domin[4] llamaría “los sismógrafos de la sociedad”, trasegarán a su espíritu una serie de vicisitudes que los convertirá en portadores de una (mas no única) particular manera de “ver el mundo”. Sumaremos en el siglo XXI una gama amplia de movimientos sociales, disturbios, intentos de sabotaje de y contra el régimen, un nuevo intento de derrocamiento, el “paro” de un sector de la nación en el 2002, una supuesta revolución que nunca terminó de arrancar (entre otras razones porque los “revolucionarios” no vienen de la nada, sino de una historia común); y seguimos sumando: expropiaciones, una economía inflacionaria galopante (avivada por la corrupción y, ahora, la escasez), un empobrecimiento acelerado y unas condiciones de vida cada vez más ilusorias y patéticas traducidas en violencia, inseguridad y pésimo sistema de salud pública… todo ello anclado en la culpa achacada a unos “enemigos” que residen más allá de nuestras fronteras.  Todo esto (y mucho más) afectará a unos ya no tan noveles autores del género literario más cercano al espíritu y llegará, desde el corazón y la mente, hasta la tinta.
Pero estas nuevas semillas no caen en tierra yerma, en lotes abandonados. Al contrario, los poetas suelen ser el mercado preferido de la poesía, por tanto ellos están conscientes (o deberían estarlo) de una tradición estética literaria. Y, entonces, volvemos a ver la ley de las artes y de la vida que parece ser la única que rige todos los destinos: cambiemos todo, para que todo siga igual. La interioridad, el mundo personal profundo, radicado en mente y alma, por un lado; y el exteriorismo, volcarse al mundo de afuera para poder entender más claramente el de adentro, parecieran resumir los dos grandes conjuntos temáticos de la poesía más reciente. También podría verse esta división destacando aquellos poetas que centran su esfuerzo más en el lenguaje, en el arte, que en lo vivencial, o viceversa. Hay, claro está, varios otros temas más o menos definidos pero que, de una u otra forma, se vinculan a estos dos.

Los poetas de los noventa
            En su oportunidad, destacamos que los poetas que se estrenaron con la publicación de libros en esos años, tenían conciencia de sus antecesores de los ´60, ´70 y ´80. Y que, experiencias más, vivencias menos,  fueron trazando su periplo existencial en la geografía de su espíritu a través de la lírica. La inteligencia del lector de poesía exige reconocer el texto y tratar de ser copartícipe del mismo. Sin mayores explicaciones. En cuanto a poesía se refiere, mientras más intelecto menos placer estético. Tratar de “entender” lo que dice el poema es salir del vínculo que este propone. No obstante, la mirada del crítico no puede dejar de lado esa inteligencia “racional”. Así, intentando hacer uso de esta, en esa ocasión, y tratando de desentrañar qué derroteros seguía la lírica nacional, llegamos a la conclusión de que esta se organizaba, al menos, en seis núcleos temáticos, a saber: 1) la máscara y el hombre detrás de esta (poemas fundados sobre un personaje referido en la historia o en la literatura, para decir de su propio mundo interior); 2) el mundo exterior (heredado principalmente de cierta poesía de la década anterior, cimentado en lo conversacional, la cotidianidad, la vida de adentro signada por los acontecimientos del afuera); 3) la ironía como método de pensamiento y aprendizaje (poetas que, con un código simple, muestran el otro lado de la vida –de su vida– a través de un humor fino); 4) la tierra y sus recursos poéticos (herederos de la poesía de Palomares o Crespo, por ejemplo, muchos poetas de fin de siglo absorben sus nutrientes a través de la experiencia propia, de lectura o de vida); 5) la existencia, lo existencial (tema eterno de la literatura, en estos ´90 también tenemos dignos representantes de esta corriente filosófico-literaria; un lenguaje que se torna herramienta para la reflexión sobre la propia vida y la ajena); 6) por último, se agrupan los poetas difíciles de ubicar en los rubros anteriores (bien porque representan una mixtura de las tendencias señaladas, bien porque su naturaleza no encaja en alguna de estas).
Por razones de espacio, no citaré representantes de cada uno de estos rubros, para evitar encasillar a los autores y porque muchos transitan de un tema a otro en sus libros. Pero sí mencionaré a algunos poetas cuya obra merece ser revisada con cuidado, puesto que ya forman parte de la historia de la literatura venezolana y lo hacen con huella propia y profunda. Nombramos así a: Martha Kornblith (con una obra que nació y quedó para siempre en los ´90, debido a su trágico y fugaz tránsito vital; una acertada manera de registrar en el poema los pasos dados en vida; un diario bajo el ropaje lírico); Luis Moreno Villamediana (quien ha confirmado con sus más recientes publicaciones el paso firme con el que caracteriza su obra poética); Luis Enrique Belmonte (Premio “Adonais” de Poesía en España, su obra puede conseguirse casi íntegra en la reciente edición de Monte Ávila Editores, ironía y duro registro del transcurrir en cada publicación suya); Manón Kübler (con una íngrima publicación, dura como pocas y un gran trabajo de lenguaje); Arturo Gutiérrez Plaza (quien desde unos primeros libros ya anunciaba la gran calidad de su trabajo posterior; ironía y existencia a prueba de todo); Alicia Torres (lo femenino, el misticismo y la pureza del lenguaje); María Antonieta Flores (con o sin máscaras, poesía de alta calidad); Alexis Romero (secuestrado por la metáfora, deja entrever la tragedia intelectual del hombre entre líneas no siempre de fácil acceso); Gonzalo Fragui (la ironía, ahora sí, hecha poema; el humor -y a veces la burla- es la base de sus imágenes); María Teresa Ogliastri (detrás de la máscara, la mujer y sus circunstancias vitales y de pensamiento); Verónica Jaffé (gran poeta, una que supo escapar a tiempo de los ochenta); César Seco (la enfermedad como personaje y persona); Simón Petit (el poeta y el obrero); Benito Mieses (la imagen: lucha entre la plástica y la palabra); José Vílchez Morán (surrealismo y autenticidad en los ´90); Sonia Chocrón (aquella para quien la poesía lo era todo: historia y lirismo)… Hay que anotar también a Carmen Verde Arocha, Gilberto Ríos, Gregory Zambrano, Belén Ojeda, Sonia González, Eleonora Requena, Roger Herrera, Daniuska González, Dina Piera Di Donato, Alfredo Herrera Salas, José Luis Ochoa, entre tantísimos otros. Poesía diversa, lejos de doctrinas grupales, la de los noventa se desligó de ataduras y nominaciones fijas.

El siglo XXI
            Quienes se han estrenado en las publicaciones de libros a partir del año 2000, han acusado el golpe político, social y económico que nos define en estos nebulosos tiempos. Una transición que no sabemos (como venezolanos que somos) a dónde nos conducirá como nación, imprime la misma incertidumbre en sus “bellas letras”. Además de cierto experimentalismo (que acerca la imagen, el video y la plástica a la poesía) y de cierta vuelta de la conciencia política social de los ´60, poco más han aportado estos años. Más bien han profundizado en los temas señalados en los noventas mas, eso sí, han profundizado con pisada firme lo que los ´90 anunciaban tímidamente. Decíamos al cerrar Las voces de la Hidra que la mayoría estaba conformada por poetas muy jóvenes, conocedores de nombres esenciales de nuestra lírica (Cadenas, Palomares, Crespo, Gerbasi, Calzadilla). Si bien los poetas de los ´90 eran conocedores del “escándalo publicitario” de los ´80 en poesía y hasta participaron en talleres dictados por sus antecesores, pareciera (esto es solo una impresión) que los de comienzos de siglo hacen un salto más atrás en sus lecturas o preferencias. Se reúnen en peñas o grupos improvisados, no temen compartir sus producciones con el aprovechamiento de las nuevas tecnologías. En sentido estricto, no podemos decir que son inéditos pues de alguna manera publican sus trabajos. No obstante, los hemos escuchado quejarse (esta queja es eterna) de que no tienen acceso a publicar en papel. Nada más lejos de la verdad. La cantidad de libros publicados de nuevos nombres se ha incrementado considerablemente. Abundan los proyectos comunitarios, las editoriales del Estado publican mucho (quizás en demasía) y sumamos a esto las nuevas tecnologías. Si damos un vistazo con la ayuda de Mr. Google podemos ver cómo nuestros jóvenes intercambian experiencias y materiales. Si tomamos en cuenta los nuevos formatos digitales, nunca como ahora los novísimos habían sido editados allende nuestras fronteras. Claro está, esto trae también consecuencias negativas: ya se consideran poetas y, en muchos casos, el esfuerzo por superarse a sí mismos en las palabras es mínimo.
            Para cerrar, apenas una lista de nombres que tomaríamos en cuenta como parte del protagonismo que ocuparán en los próximos años, mencionamos a Adalber Salas (quien acaba de recibir un premio internacional en España), Francisco Catalano (quien no contento con la publicación en papel insiste en el “performance” y medios realmente masivos), María Ruiz (quien pese al reciente Premio Ramos Sucre, acude a los talleres buscando aprender y perfeccionar su arte), Víctor Alarcón (quien se debate entre el poema y la narración, ambos géneros en los que se ha destacado), Jairo Rojas (con un trabajo honesto, lejano a artificios, cercano a la esencia de su entorno regional, nacional y mundial), Luis Perozo Cervantes (promotor incansable, lector atento, en una búsqueda diferente en cada nuevo libro), Alejandro Castro (quien irrumpe con buen pie, dos publicaciones bajo la forma de libro, ambas estimadas por lectores afectos y críticos), Ruth Hernández Boscán (indagadora en la psiquis de la mujer), Claudia Sierich (con un trabajo de la palabra difícil de superar), Jesús Montoya (insistente como pocos y apegado a la palabra rítmica y cadenciosa), Leonardo González Alcalá (quien en su segundo libro superó con creces los deslices de un iniciado). Sumemos estos nombres: Franklin Hurtado, Lindsabel Noguera, Christian Díaz Yepes, Sandra Timaure, Ricardo Jesús Mejías Hernández, Alejandro Rodríguez Morales y Alberto Quero.
            Indicar fechas precisas para señalar promociones poéticas implica limitaciones, sabemos. Sin embargo, como cualquier otro recurso, es válido hablar de décadas. Revisar la última poesía venezolana es tarea ardua y generadora de angustias. Estos, apenas, son unos pocos nombres y seguramente quedarán por fuera muchos que luego darán de qué hablar. Pedimos, pues, disculpas, por las omisiones, más que naturales, necesarias. Siempre hemos creído que el panorama de la poesía venezolana más reciente, es como el llano que describe Gallegos: rico en matices y de amplios horizontes, pero también lleno de “desnucaderos” y otros peligros ocultos.



[1] Las razones, varias y variadas, estriban en lo rentable de tal empresa, en el interés del público masivo y en otros asuntos fundamentalmente vinculados al mercado.
[2] Siempre hemos considerado que el poeta es hijo de su tiempo y, por tanto, atender lo que otros hacían entonces en poesía podía darme una base más o menos sólida de la poesía del momento.
[3] Marcotrigiano L., Miguel (1995). Lo exterior-lo interior: la nueva poesía venezolana. Babel. Nº 20. Abril-junio.
[4] Domin, Hilde (1986) ¿Para qué la lírica hoy? Barcelona (España). Editorial Alfa.

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