Previo y breve recorrido por la poesía de nuestro Siglo XX: nombres fundamentales
poetas venezolanos del siglo xx.
APORTES PARA CONSTRUIR UN CANON
Miguel Marcotrigiano L.
No cabe duda de que el siglo XX
venezolano ha sido el más productivo e innovador en lo que a la poesía nacional
se refiere. Es este el siglo de la modernidad poética, pero también el de las
vanguardias, las agrupaciones literarias, la poesía de carácter social, la
poesía experimental y, para llamarla de alguna manera, la lírica adscrita a lo
que algunos han denominado la postmodernidad. También es, por supuesto, la cuna
donde se gesta el devenir de la palabra poética de lo que va del siglo XXI y,
seguramente, de lo que está por escribirse.
Con este breve recorrido por lo que se ha dicho y hecho con la palabra poética
venezolana del pasado siglo, se pretende tan solo dar revista a algunas voces
fundamentales y, consideramos, imprescindibles, cuando de la historia de la
lírica nacional de este período hablamos. Recorrer diez décadas, en un lapso
tan fructífero como el que nos ocupa, no es tarea sencilla. Encontrarán quienes
se acerquen a este trabajo algunos –muchos–- poetas cuyos nombres el entendido
avalará sin mayores observaciones. Sin embargo, también algunos –pocos– a
cuya presencia pudieran poner reparos. Es harto sabido que estas selecciones no
pretenden referir un precepto, ni mucho menos. No obstante, algún estudioso de
nuestra lírica pudiera objetar uno que otro nombre o, quizás, sustituirlo por
otro de su preferencia.
Se indicaba hace pocas líneas lo frondoso del árbol de la poesía venezolana del
siglo XX, abundante en ramas cuyas formas a veces nos parecen caprichosas,
otras tortuosas, y en pocos casos más de crecimiento uniforme y hasta natural.
Al final, notamos una maraña de voces, cada una con tono propio y contenido
personal, aun cuando se hayan adherido a agrupaciones o proyectos poéticos de
tronco común. Nuestra creencia firme en que cada poeta vale por su condición
individual, por aquello que llamamos su voz propia, hace que el breve
acercamiento a su palabra sea desde una perspectiva también individual, aunque
en ciertos casos la convivencia en grupos, escuelas, corrientes o
inclusive generaciones, transformen sus poemas en elementos constitutivos de
poéticas comunes.
También se ha pretendido en este ensayo mostrar una escogencia de dos voces por
década, aun cuando en oportunidades fallamos en esta intención y mencionemos
tres, en una, o tan solo una, en otra. De tal manera que lo que se ofrezca sea
solo eso: una muestra de voces representativas. Esta forma de presentar la
poesía venezolana del siglo XX necesariamente causa que se soslayen algunos
nombres o sean preteridos por otros. Esto, claro está, hace que la “injusticia”
se haga presente y que la selección sea perfectamente criticable, por lo menos
en parte. En lugar de organizar a los poetas por la fecha de publicación de su
primer libro que, a fin de cuentas, sería lo correcto, hemos optado por su año
de nacimiento. Pues también es cierto que, independientemente de la primera
publicación, su formación, su devenir, es sin duda lo que va condicionando una
escritura que en determinado momento se revelará como única y novedosa. Así el lector
tendrá la tarea (grata, por demás) de ir configurando el mapa según el criterio
de la edición pública de los libros de estos autores. Por ejemplo: comenzamos
la revisión con la obra de Enriqueta Arvelo Larriva, nacida en 1886, aun cuando
su primer libro publicado fue de 1939; es decir, ya a punto de iniciarse la
cuarta década del siglo. Mucha agua había corrido entonces bajo el puente
de la poesía venezolana de ese siglo, cuando la poetisa se lanza al ruedo de
las publicaciones… Agua, claro está, de la que también se sirvió y sació.
Como se indicara, Enriqueta Arvelo Larriva nace en 1886. Pasa gran arte de su
vida en la provinciana Barinitas de entonces, en el estado Barinas, en la
región llanera del país. Su formación es prácticamente autodidacta y llega a la
poesía, en primer lugar, por los hechos; luego, a través de la escritura.
Algunos la han tildado de poeta profundamente reflexiva y cuyos versos,
tardíamente publicados por vez primera en Voz aislada (1939), va a
representar una suerte de transición entre la tradición centrada en
descripciones de la naturaleza y una fuerte interiorización del paisaje que
dice de otra entonación, más moderna. Después vendrán exquisitos trabajos en El
cristal nervioso (1941) y Mandato del canto (1967). Desde 1945 se
radica definitivamente en Caracas y gozará del contacto y los beneficios de la
intelectualidad para la que, en apariencias, estuvo ausente por diversos
factores. Entre estos el ser hermana de Alfredo Arvelo Larriva (1883-1934)
conocido y celebrado aedo modernista, y haber estado inmersa en un paisaje y
una sociedad rural. Curiosamente, esta “reclusión” ha debido ser el germen de
un proceso de internalización de un afuera que se transfiguró en una palabra
exquisita y una musicalidad bastante peculiar y personal. Ha llegado a
compararse a esta auténtica poeta con la enorme Emily Dickinson, quizás por las
similares condiciones de sus devenires y por sus voces profundas y de búsquedas
constantes en el alma a través de la palabra. Enriqueta Arvelo Larriva fallece
en Caracas el 10 de diciembre de 1962. Su poesía, por donde quiera que se le
mire, da cuenta de una entidad que se reconoce ajena a determinado afuera, cosa
que la hace refugiarse en su palabra: El último polvo nubló la frontera /
Inquieta y sumisa, me quedé en mi voz.
Un raro de la poesía venezolana –raro para propios y extraños– fue José Antonio
Ramos Sucre (1890-1930), nuestro cumanés universal. Dueño de una voz que muchos
han confundido con la de un modernista extremo, y de una escritura en prosa
poética que a ratos se tizna con marcas textuales narrativas, nuestro poeta no
fue descubierto por nuestra crítica sino hasta la década de los
cincuenta. Mientras tanto fue prácticamente un desconocido (más bien, se
debería acotar, un incomprendido). El conde Siruela dio, ya en la segunda
mitad del pasado siglo, un espaldarazo justo, al hacer conocer la obra de Ramos
Sucre a los lectores españoles. Luego vino, como ocurre siempre con los genios
incomprendidos, la justa reivindicación de una poesía que fue agua abundante en
medio de una aridez intelectual que no lo comprendió. La modernidad entró a
Venezuela en el siglo XX y lo hizo en varias cuotas. Una de ellas fue la de la
ya mencionada Arvelo Larriva, pero mucho antes quedaría impresa en la huella de
Ramos Sucre. Su obra poética está recogida en tres publicaciones: Trizas de
papel (1921), integrado luego en La torre de Timón (1925), Las
formas del fuego (1929) y, del mismo año, El cielo de esmalte. Este
insomne, paradójico habitante de los sueños que construía, llevará su corta y
pesarosa vida hasta las puertas del sueño definitivo, cuando atentó contra sí
mismo, en dos intentos de suicidio: el segundo fue exitoso y una alta dosis de
barbitúricos lo adentró en las penumbras que anunciaba premonitoriamente en sus
escritos. En su poema “Preludio”, leemos: Yo quisiera estar entre vacías
tinieblas, porque el mundo lastima cruelmente mis sentidos y la vida me aflige,
impertinente amada que me cuenta amarguras…
Largo fue el paso que dio Fernando Paz Castillo (1893-1981) por el devenir
de la poesía venezolana. Su lírica, que se inaugura con la primera publicación
de La voz de los cuatro vientos (1931), se distinguirá por ser
marcadamente reflexiva, llegando a la sutileza de un tono que se percibe
filosófico, pero que se refugia naturalmente en unas imágenes que moderan los
poemas. Versos como estos El cuerpo es morada pasajera / del espíritu
nómada, / su consuelo, / su fiel compañía generosa, / su sombra en la llanura /
sin rumores, / su imagen sorprendida, / su grito sin color / y su esperanza.,
casi seleccionados al azar, dan cuenta de esa lucha entre la imagen y el
pensamiento profundo de la que habláramos. En 1964 se publica su más celebrado
poema, titulado El muro. Es, se podría decir, una de las más preciadas
joyas de nuestra poesía: el más profundo, reflexivo, contemplativo y contenido
poema de nuestra modernidad literaria. De nuevo, imagen y pensamiento se
encuentran, pero no ya para disputarse terreno sino para complementarse en un
acoplamiento perfecto. El tono metafísico de este texto expresa la angustia de
una voz que se admira ante la creación de Dios y que se rinde, amorosa, ante la
presencia insalvable de la muerte: Y sólo siento frente a Dios y su Destino,
/ haber pasado alguna vez el muro / y su callada espesa sombra, / del lado allá
del tiempo. Son otros libros suyos Signo (1937), Entre sombras y
luces (1945), Enigma del cuerpo y el espíritu (1956), El otro
lado del tiempo (1971) y Pautas (1973), entre algunos títulos más.
Antonio Arráiz (1903-1962) es otro de los puntales en los que se apoya la
presencia de la modernidad poética venezolana. En 1924 se publica su libro Áspero,
que traería nuevas resonancias a nuestra poesía. Se gestaban los avances de la
vanguardia y Arráiz contribuía con un lenguaje directo, descarnado, con temas
que oscilan entre la mujer y la tierra, de hondo carácter nacional. Si antes
utilizábamos la figura de Emily Dickinson para establecer un cierto paralelismo
entre esta norteamericana y Enriqueta Arvelo Larriva, ahora debemos mencionar
inevitablemente a Walt Whitman, a quien nuestro poeta –que vivió en los Estados
Unidos de América– leyó y admiró. Alguno ha calificado la palabra de Arráiz
como la de un bárbaro y no le ha faltado razón, por cuanto este aedo impulsivo
y vitalista también lanzó “su graznido salvaje sobre los tejados del mundo”.
Otros dos libros fundamentales de este autor y de nuestra lírica son Parsimonia,
que escribiera espasmódicamente en la prisión gomecista, en papeles sueltos, y
que su familia enviara a la Argentina donde sería impreso, en1932, y Cinco
sinfonías (1939), su último poemario. Arráiz fue un hombre multifacético:
además de poeta y narrador, fue periodista (director-fundador de El Nacional,
de Caracas), activista político y editor. Un par de versos, pertenecientes a su
Parsimonia, vienen automáticamente a la memoria, cada vez que se le
nombra: Quiero estarme en ti, junto a ti, sobre ti, Venezuela, / pese aun a
ti misma.
Sorprende la aparición en 1935 del poemario Alas fatales, de María
Calcaño (1906-1956). Un erotismo marcado y una expresión de la sexualidad
femenina, del reconocimiento del cuerpo de mujer, es el centro de atracción de
este libro. Salvo que las investigaciones recientes hayan dado con algún otro
nombre, hasta los momentos se trataba de un tema inédito en la poesía
venezolana. Nacida en Maracaibo, dos títulos más completan su producción
poética: Canciones que oyeron mis últimas muñecas (1956) y Entre la
luna y los hombres, publicado póstumamente en 1960. Desde ese erotismo
patente, mas nunca vulgar, se desprende lo que de moderno tiene su poética. Su
palabra es directa, a veces cruda, desenfadada y esto –quizás– haya provocado
el soslayo de la mirada de la crítica del momento. Toda una línea poética que
sigue los derroteros de la poesía hecha por y desde la mujer, arranca en este
breve tomo inicial de Calcaño que, a su manera, muy particular, vino a
acomodarse entre los grandes nombres de la poesía venezolana de entonces,
aunque los oídos sordos de la crítica no dieran cuenta de ello. Es su actitud
rebelde, frente a la sociedad de la época, un ingrediente que hallamos siempre
en toda lírica de matiz romántico y vanguardista. Versos como Ábreme la
vena, / Abundante… / ¡Que la tengo estrecha! // Déjame una brecha / Que
me dure / El goce / Del hombre delante., hablan de una valentía como
pocas, de una honestidad en el decir rara vez vista en otros poetas que se
pierden entre el adorno y la contemplación embelesada ante los efluvios del lenguaje
que tradicionalmente es calificado como “poético”. Desde la intrahistoria, esta
poeta inscribe sus versos en la modernidad venezolana.
Nacido en Canoabo, estado Carabobo, Vicente Gerbasi (1913-1992) es para muchos
el gran poeta del siglo XX venezolano. Dueño de un decir que explota en
maravillosos fuegos verbales, este representativo poeta perteneció al siempre
citado grupo “Viernes”, suerte de buque insignia de la vanguardia poética en
Venezuela. Aunque a esta agrupación pertenecieron otras afamadas voces, la de
Gerbasi es, con mucho, la más conocida… y no faltan razones para ello. Su más
celebrado poema es Mi padre, el inmigrante (1945), extenso texto que,
con una imaginería personal, a ratos proveniente del mundo onírico y del
subconsciente, construye sobre la base de dos mundos, dos paisajes, el de la
aldea italiana del padre y el del trópico venezolano; dos ambientes externos e
interiorizados que sellarán el devenir de un inmigrante que es, a un tiempo,
padre biológico y simbólico de la voz del poeta. Venimos de la noche y hacia
la noche vamos se ha convertido en verso representativo de la poesía
venezolana contemporánea y de todos los tiempos. La fugacidad de la vida, la
sensación de ingrimitud e indefensión ante el cosmos, parecen convertirse en el
epicentro temático del texto. Elementos propios de las vanguardias, sobre todo
del surrealismo, van entretejiendo una forma única y conformando uno de los más
grandes poemas que ha dado la poesía venezolana a la lengua española y a la
literatura universal. Su libro, Diamante fúnebre (1991), es asimismo uno
de los más hermosos y sentidos poemas elegíacos que Gerbasi compusiera en
memoria de su desparecida y amada compañera, Consuelo. Ambos reposan en el
Cementerio del Este, en la ciudad capital de Venezuela, y el verso citado pocas
líneas antes sirve de inscripción definitiva en la placa conmemorativa que
señala la tumba.
Poseedor de una extensa obra poética publicada, que va desde aquellos primeros Ocho
poemas (1939) hasta Vaivén (1999), Juan Liscano (1915-2001) es otro
de los nombres que no deben olvidarse al referirse a la poesía venezolana del
pasado siglo. Este autor no lo es solo de la fabulosa obra poética que generó,
sino que además fue un ensayista apasionado, un gestor cultural como pocos, un
exquisito editor y, en suma, una figura intelectual a tenerse en cuenta. Entre
sus obras en otros géneros escribió y publicó una de las historias literarias
más consultadas cuando se emprenden trabajos de investigación en la materia: Panorama
de la literatura venezolana actual (1973). Entre su extensa obra, hay una
vertiente que conviene mencionar y es la de su poesía erótico-cósmica. Cármenes
(1966) es quizás el libro más emblemático en este orden de ideas. En este, la
trascendencia del alma a través de la carnalidad, el acto sexual como
correspondiente terreno a su doble en la épica estelar del universo,
constituyen el núcleo temático sensible de gran parte de su obra. El poema
“Pareja sin historia” es simbólico en este sentido. En él leemos: Se huelen
se gustan se desean. / La libertad que encuentran los deslumbra. / Ascienden en
una isla espacial entre los astros. / Pareja sin Historia / pareja constelada.
De obligada mención son también sus libros Nuevo mundo Orinoco
(1959), Fundaciones (1981), Myesis (1982) y Recuerdo del Adán
caído (2006), tardíamente publicado aunque su escritura corresponde
cronológicamente al título que sigue a su Ocho poemas. En su escritura
ensayística también se deben mencionar Espiritualidad y literatura: una
relación tormentosa (1976) y Los mitos de la sexualidad en oriente y
occidente (1988). Tiene una importante labor en pro del folklore y fue,
junto con Mariano Picón Salas y Arturo Úslar Pietri, una de las más altas cotas
de la intelectualidad venezolana del siglo XX.
Ana Enriqueta Terán (1915) es uno de los hitos vivos de la gran poesía escrita
por mujeres del siglo que antecede a este. Cultora por igual del verso
tradicional (una verdadera maestra del endecasílabo) y del verso libre no
carente de cuidado ritmo y elevada musicalidad, se presenta a la historia de la
poesía venezolana con su libro Al norte de la sangre (1946). Le siguen a
este otros títulos no menos dignos de importancia: Presencia terrena
(1949), Verdor secreto 1949), Testimonio (1954), De bosque a
bosque (1971), Libro de los oficios (1975), Música con pie de
salmo (1985), Casa de hablas (1991), que recoge toda la obra
publicada hasta entonces, y Albatros (1992). El rigor de la estructura
de muchos de sus textos acusa su formación clásica. Luego de un período de
mutismo resurge con nuevo vigor y con toda la fuerza espiritual que se respira
en muchos de sus libros. Según cierta crítica, le agrada que le mencionen con
el calificativo femenino de poetisa, el cual remite a la vinculación de la
palabra con lo sagrado, pues se erige en una suerte de sacerdotisa que oficia a
través del poema. La doble figura que encarna la hablante de sus poemas se
escinde entre la hechicera, la mujer sagrada, y la poeta, diosa que crea a
partir de la materia prima del espíritu. En su poema “Piedra que habla” nos
dice: La poetisa cumple medida y riesgo de la piedra de habla. / Se comporta
como a través de otras edades de otros litigios. / Ausculta el día y sólo
descubre la noche en el plumaje del otoño. / Irrumpe en la sala de las
congregaciones vestida del más simple acto. / Se arrodilla con sus riquezas en
la madriguera de la iguana… Un verbo elegante, de garbo, poderoso, altivo,
alcanza tal plenitud que, a través de la alquimia de la lengua y el poema, hacen
de esta una de las más grandes poetas de nuestra historia lírica.
Otra cota de obligada mención al momento de trazar la historia de nuestra
modernidad poética, es la que se cumple con el paso de la Venezuela agraria a
la Venezuela petrolera, tal y como lo sentenciara Elena Vera (1985) en su
estudio de la poesía nacional correspondiente a los años que van de 1958 a
1983. Tal momento está signado, según nuestra aeda investigadora, por la
llegada de dos poetas fundamentales: Juan Sánchez Peláez (1922-2003) y Hesnor
Rivera (1928-2000). Ambos practican un surrealismo propio de cada uno de
ellos, ambos estuvieron en contacto con el grupo “Mandrágora” de Chile, que
inició esta corriente en Latinoamérica; ambos pertenecieron a las ciudades más
conmovidas por el auge petrolero y el desarrollo económico y social, como lo
son Caracas, en un caso, y Maracaibo, en el otro. Pasa por el laboratorio
anímico, que representa la poesía, toda la experiencia de vida y el resultado
es una palabra signada por un nuevo lenguaje (fragmentarismo, psiquismo activo,
impersonalidad, cierta condición de incomunicación o de comunicación diversa, y
uso del poema en prosa, entre otras características). Sánchez Peláez debuta con
un libro extraordinario que no va a ir muy atrás de los venideros. Se trata de Elena
y los elementos (1951). En este el erotismo, un lenguaje centrado en las
imágenes y alejado de los conceptos, destellos del subconsciente y ordenamiento
sintáctico caprichoso, dan cuenta de una búsqueda propia que continuará, de
alguna manera en Animal de costumbre (1959), Filiación oscura
(1966), Un día sea (1965), Lo huidizo y lo permanente (1969), Rasgos
comunes (1975), Por cuál causa o nostalgia (1981) y Aire sobre el
aire (1989). De este poeta, estas líneas: los témpanos engullen gaviotas
en mis caricias. / El mundo pesa inicuo y solemne en mis raíces. / Acepto tus
manos, tu dicha, mi delirio. Hesnor Rivera, en cambio, publicará con cierta
tardanza su primer libro, En la red de los éxodos (1963), al que le
seguirán muchos títulos entre los que se pueden mencionar Superficie del
enigma (1967), Persistencia del desvelo (1976), Elegía a medias
(1978), El acoso de las cosas (1981) y Los encuentros en las
tormentas del huésped (1988). En ellos la nostalgia, un sentimiento de
dolor por la vida y una sensación de amatividad inconclusa se traducen en
imágenes particularísimas que se resuelven en una poética única y de hondo
sentido lírico. Del poeta Hesnor, un pequeño fragmento de su infinitas veces
antologizado poema “Silvia”: Las mujeres que me amaron / de seguro han
muerto. / Ellas pertenecían a una raza distinta. / La atmósfera de llama
necesaria a sus cuerpos / desapareció una noche con los astros.
Uno de nuestros poetas más conocido allende nuestras fronteras es Rafael
Cadenas (1930). Perteneció al grupo “Tabla redonda”, que nace a la vida
literaria con la democracia, en el año 1959. Entre sus objetivos destacan la
denuncia de la realidad venezolana, una oposición vehemente a determinadas
tendencias intelectualistas de ciertas agrupaciones y, sobre todo, la defensa
de la libertad del creador. Este vocablo –es fácil suponer– estaba de moda pues
los nuevos vientos democráticos (Venezuela salía de la dictadura del General
Marcos Pérez Jiménez) alcanzaban todos los órdenes. Cadenas no fue ajeno a las
luchas políticas y hasta sufrió el exilio en la isla de Trinidad. Se dio a
conocer con su Cuadernos del destierro (1960), escrito en su estada en
la isla de la expatriación. Antes había publicado unos poemas juveniles en el
año 1946 (Cantos iníciales) y Una isla (1958), pero no fue sino
hasta su Cuadernos… cuando se muestra como un poeta con voz única,
personal y con hondo contenido lírico. Luego aparecerá su afamado “Derrota”,
texto solitario publicado en Clarín del viernes, en 1963 y luego
recogido en varias publicaciones que incluyen otros libros. Igualmente dignos
de mención son Falsas maniobras (1966), Intemperie (1977), Memorial
(1977), Amante (1983) y Gestiones (1992), libro que mereciera
el Primer Premio Internacional de Poesía Juan Antonio Pérez Bonalde el mismo
año en que fue publicado. Los diversos registros de su voz van desde el poema
que revienta los diques de contención del lenguaje, en imágenes atrevidas y
ritmo estremecedor, hasta el texto breve, refugiado en los silencios, de
carácter sentencioso o epigramático. En todos sus poemas observamos a una
entidad que se autoanaliza, que lidia en contra de factores como el tiempo y el
espacio, que surge prácticamente victorioso de las derrotas que le infligen la vida
y el entorno. Los textos de carácter amoroso (siempre auto analíticos) se
ofrecen en un ropaje orientalista o, en algún caso, místico. Suyos son estos
versos pertenecientes a Gestiones: ¿Quién es ese que dice yo /
usándote / y después te deja solo? // No eres tú, / tú en el fondo no dices
nada. En el año 2009 se le reconoció con el Premio FIL de Literatura y
Lenguas Romances que otorga la Feria Internacional del Libro en Guadalajara,
México. Su última publicación es Sobre abierto (2012), publicado por la
prestigiosa Editorial Pre texto, de Valencia, España.
Ramón Palomares (1935), nacido en Escuque, estado Trujillo, es una de las
grandes voces vivas que posee nuestro país. Hizo su pasantía por el mítico
grupo “Sardio” y compartió con otros grandes de nuestra lírica. No obstante la
originalidad de su propuesta, fundada en la internalización de un paisaje
natal, ofrecido en una lengua que se nutre de regionalismos y del “estado
mágico” que va configurando en su interior, lo hace digno de mención. Varios de
sus libros son parada obligada al recorrer los senderos que brinda nuestra
poesía: El reino /1968), Paisano (1964), Honras fúnebres
(1965), El vientecito suave del amanecer con los primeros aromas (1969),
Adiós Escuque (1968), Alegres provincias (1988). Los dos primeros
títulos ya hablan de esa voz particular que hemos descrito. Algunos se refieren
a esta poesía como “telurismo magicista”, pues las imágenes de la tierra, el
paisaje propio, están teñidos de visiones mágicas y hasta fabulosas. La necesidad
de buscar un nombre para describir lo que antes no se ha visto ya dice mucho
del contenido novedoso de sus poemas. El autor ha recogido los pasos de otros
registros (el poema de evidente temática histórica, el texto que funde la
descripción fuertemente poética con pasajes narrativos, la elegía de matiz
patriótico), mas es con su telurismo magicista con el que entra con pie firme
en nuestra historia poética venezolana. Pajarito que venís tan cansado / y
que te arrecostás en la piedra de beber / Decíme. ¿No sos Polimnia? /
Toda la tarde estuvo mirándome desde No sé dónde / Toda la tarde, se puede
leer en Adiós Escuque, y podemos ver acá ese tono mágico o magicista del
que habláramos.
Otro poeta que ha trascendido nuestras fronteras y se ha hecho un público
seguidor, sobre todo en España, es Eugenio Montejo (1938-2008). Publica bajo su
firma (que no es su nombre auténtico: Eugenio Hernández) y bajo la de algunos
heterónimos, tales como Blas Coll, Sergio Sandoval, Tomás Linden y Eduardo Polo.
Montejo es, sin duda, y junto a quienes le acompañan en esta selección, uno de
nuestros poetas mayores y más estimados. Con un decir que se desliza suavemente
ante las pupilas del lector, escritura sin tropiezos, sentida y sensible,
generadora de los versos más enternecedores de nuestra poesía toda, arranca su
devenir en estas lides con la publicación de Élegos (1967) y Muerte y
memoria (1972). Pero no será sino hasta la aparición de Algunas palabras
(1976), Terredad (1978), Trópico absoluto (1982) e inclusive Alfabeto
del mundo (1986) y Adiós al siglo XX (1992), cuando su verso se
consolida y alcanza matices, se podría decir, enormes, de palabra bien pensada
y mejor escrita. Luego vendrán Partitura de la cigarra (1999), Papiros
amorosos (2002) y Fábula del escriba (2006) –todos ellos publicados
en España– que lo consolidarán como figura internacional en los países de habla
hispana. Bajo el heterónimo de Eduardo Polo escribirá uno de los libros más
ingeniosos y sentidos de la poesía infantil venezolana: Chamario (2003).
Desfilan por sus libros casi todos los sentimientos, pero siempre tamizados por
una inteligencia nítida, capaz de colocar la emoción bajo la vista atenta de la
lucidez poética. La veta amorosa y erótica de su poesía es, para muchos, la de
mayores alcances. Pocos como Montejo son capaces de crear versos como estos: Estoy
tocando la antigua guitarra / con que los amantes se duermen. / Cada ventana en
sus helechos, / cada cuerpo desnudo en su noche / y el mar al fondo,
inalcanzable.
Bífida es la columna vertebral de la poesía de Gustavo Pereira (1940). Por un
camino se va hacia una poesía comprometida más que con lo social, con su
concepto de justicia. Se viste entonces de un verbo terriblemente implacable.
La palabra es más directa porque la línea recta es el camino más corto para el
ataque, sin remilgos, emboscadas; siempre con compromiso político y dedo
acusador. Acá se inscriben títulos como Hasta reventar (1963), Preparativos
del viaje (1964) o Los cuatro horizontes del cielo (1973). El otro
sendero de su poesía conduce a territorios más conciliados con temas
personales, sentidos desde la intimidad, pero auscultados con un ojo que no
escapa a esas vetas más profundas de donde brotan sus somaris, suerte de textos
emparentados con algo del decir de los haikus orientales. Es una vertiente
mucho más lírica –si se quiere– y cercana a determinada expresión espiritual. A
esta etapa pertenecen títulos como El libro de los somaris (1973),
Segundo libro de los somaris (1979), y Vivir contra morir (1988),
entre otros. Veamos, como muestra, este “Somari”: Déjame extraer la última /
moneda de mi manga / por ti señora / La última moneda del sol / Un pájaro a lo
lejos Tal vez el mar / Parroquianos fumando / y este ridículo poema en tu
nombre / amor mío amor mío.
Heredero de una línea cierta de la poesía venezolana de todos los tiempos (que
arranca desde Andrés Bello, inclusive antes, y pasa por Pérez Bonalde, Lazo
Martí, Gerbasi por nombrar solo algunas estaciones), Luis Alberto Crespo (1941)
insiste en el paisaje, primero como verdad externa, pero casi de inmediato como
experiencia interiorizada y sublimada en la palabra. Un paisaje que no es marco
ambiental sino, sobre todo, parte del ser entero del hombre. Crespo ha
sido, en el sentido de las agrupaciones literarias, un poeta solitario. Ha
escrito y publicado al margen de todo aquello que implique seguir pautas y
directrices comunes. Inicia su obra con dos libros de similares
características: Si el verano es dilatado y Cosas, ambos de 1968.
Dos años después, en 1970, publicará Novenario, en el mismo estilo; en
1976, Costumbre de sequía, que recogerá sus libros anteriores e incluirá
los hasta entonces inéditos Rayas de lagartija y el que da título a la
compilación. Los primeros se muestran con una temática que será común a toda su
producción, la de la tierra natal, la de su Carora de los primeros pasos: la
aridez se apropia de su propuesta esencial y alcanza no solo el paisaje que
muestra sino incluso el lenguaje. A partir de Rayas de lagartija el este
se hace más estrecho, condensado, no se desborda ya en lo anecdótico y
confesional, sino que se contiene en una forma que represa el “cuento” en favor
de la imagen que lo contiene. Su experiencia acumulada en sus años de estudio
en Francia lo pone en contacto con lecturas que, paradójicamente, lo harán
volver a su derrotero vital en Venezuela, a sus imágenes fundacionales. Luego
vendrá una larga lista de títulos –incluso todavía su obra promete muchos más–
entre los que destacan Resolana (1980), Entreabierto (1984), Señores
de la distancia (1988), Mediodía o nunca (1989), Más afuera
(1993), Duro (1995), Lado (1998) y tantos más. Este poeta no
canta el paisaje, las voces de sus poemas parecen abismarse ante el paisaje,
ante detalles de este y de sus hombres, y desde allí apenas balbucea sus
emociones y reflexiones. Domina la imagen como pocos y es capaz de elaborar
textos como el que sigue: Yo no tengo que mirar ese pájaro / para que siga
ahí / dándome belleza // Sólo necesito observarlo / en el recuerdo // Y la rama
tampoco necesita estar / si se estremece // Me basta cerrar los ojos / para que
tiemble / para que la roce con el monte el suspiro.
Dos grupos protagonizaron la poesía venezolana de los años ochenta: Tráfico
y Guaire. Sin embargo, esos años traían en las alforjas mucho más de lo
que mostraba la “publicidad”. Indudable es, ciertamente, el aporte que tales
agrupaciones hicieron pues, desde el manifiesto de “Tráfico” (que comienza con
la parodia de uno de los versos más representativos de la poesía nacional, Venimos
de la noche y hacia la calle vamos, reconstruyendo el ya citado de Vicente
Gerbasi), se decía de la necesidad de que la poesía girara su mirada hacia la
cotidianidad, hacia el acontecer minúsculo o mayúsculo que pasaba a nuestro
lado. El poeta debía volver a lo que le afecta, a lo que está ahí, evidente,
pero que se encuentra tan cerca que a veces no se aprecia con claridad, y dejar
de lado el embeleso ante imágenes engañosas de una “noche” que se resuelve,
muchas veces, en artificio. De esos grupos, Yolanda Pantin (1954) ha sido la
poeta que, con mucho, se destaca ante sus compañeros de generación. Quizás se
deba esto a que no se quedó enganchada a la propuesta grupal y comprendió que
la cotidianidad no era solo la calle y lo conversacional, sino que
también lo que ocurría dentro de sí. Su primer libro, Casa o lobo
(1981) muestra una poética centrada en la memoria de la infancia, la casa
familiar y hasta el paisaje. Textos escritos en prosa poética que recuerdan que
hay otras formas posibles para el hecho lírico. Un libro que sabe correr
riesgos. Correo del corazón (1985), en cambio, es un excelente trabajo
que se encamina dentro de la propuesta de “Tráfico”: lenguaje conversacional y
temática centrada en lo exterior, por lo que de inmediato en este se puede ver.
El libro fue su carta de presentación a un público masivo (otro de los logros
de estos grupos, popularizar la poesía) y desde entonces su nombre ha alcanzado
altas cotas. Las mujeres solas recitan parlamentos / estoy sola / y esto
quiere decir que está con ella / para no decir que está con nadie, dirá en
su conocido poema “Vitral de mujer sola”. Posteriormente experimentará otros
senderos y logrará meritorios títulos, cada uno con su buena cuota de aporte a
nuestra lírica: La canción fría (1989), El cielo de París (1989),
Poemas del escritor (1989), Los bajos sentimientos (1993), La
quietud (1998), La épica del padre (2002), El hueso pélvico
(2002), entre otros. Su Poesía reunida ,1981-2002 fue publicada en el
año 2004. Recientemente ha visto la luz un libro bastante particular, 21
caballos (2011), que viene a confirmar que se trata de una poeta grande, en
búsquedas constantes.
Una de las voces de los ochenta, fuera de agrupaciones, pero marcada por la
impronta común de esos años, es la de María Auxiliadora Álvarez (1956). La
autora proviene del mítico taller de poesía que coordinara en el Centro de
Estudios latinoamericanos Rómulo Gallegos, en la ciudad de Caracas, el poeta
Luis Alberto Crespo, y del que salieran también otros importantes nombres de la
poesía de esa década. Asistía callada a las sesiones, a escuchar lo que los
demás mostraban, y sorprendió a todos con unos poemas desgarradores, de
construcción novedosa, valientes, donde daba cuenta de otro lado del mundo
femenino. Esos poemas aparecerían después en su libro Cuerpo (1985).
Allí leemos: procreo / en lugar seguro / segrego / el líquido adecuado /
espero / las larvas / entre los cartílagos / de los toros tibios / deposito sus
tendones / en la boca de mi hija / todos los mediodías / digieres / vértebra y
vena / y te ríes / me quieres sólo a mí… Le han seguido Ca(z)a
(1990), Inmóvil (1996), Pompeya (2003), El eterno aprendiz
(2006) y Resplandor (2006). La editorial Candaya, de España, publicó un
libro compilatorio, Las nadas y las noches (2009) (con prólogo de Julio
Ortega, el afamado crítico peruano), y contentivo de un disco compacto con una
selección de textos leídos por la autora. También Monte Ávila Editores hizo lo
propio con los poemas reunidos de sus libros en Lugar de pasaje
(2009). Las crudas imágenes, la visión de un mundo femenino otro, distinto, la
ira, el desengaño y el reclamo, y un código particular, ajustado a una
interioridad y a un mundo propio que puede despertar una nueva conciencia en
los demás, hacen de la poesía de María Auxiliadora Álvarez un hito obligado
cuando de revisar la poesía venezolana de todos los tiempos se trata.
Llegamos así al fin del siglo XX venezolano, su última década, que no debe
considerarse como cierre de un ciclo sino, más bien, como preludio de una
poesía que se está haciendo y que ya se muestra con perfil propio y prometedor.
La última década del siglo ofrece una variopinta nómina de voces, muchas de
ellas con pulso propio y firmeza en el trazo de sus poéticas, pese a la
brevedad que supone su historia de escritura. Casi todos son poetas que rondan
una media de tres o cuatro títulos. La mayoría, alcanza solo el par de
publicaciones. Esto, y la cercanía que ofrece el fenómeno de esa poesía
finisecular, coloca en alerta a cualquier estudioso. Pero, a la fecha, más de
una década después de haberse verificado, ya podemos formarnos un panorama de
quiénes pueden considerarse poetas dignos de encontrarse en esta selección. Dos
voces nos permiten apostar por la calidad de su trabajo, con la relativa
seguridad que dan estas visiones, de entre la inmensa cantidad de poetas
valiosos, hijos de esos años. El primero de ellos es Luis Moreno Villamediana
(1966), oriundo de la ciudad de Maracaibo. Posee en su haber cuatro títulos en
el terreno de la producción poética: Cantares digestos (1995), Manual
para los días críticos (2001), con el que obtuviera el Premio Internacional
de Poesía Juan Antonio Pérez Bonalde en el año 1997, En defensa del desgaste
(2008) y Eme sin tilde (2009). Recientemente –año 2011– fue distinguido
con el Premio de Poesía Eugenio Montejo, en su primera edición, por su libro Laphrase,
de próxima publicación. Si un calificativo cabe para distinguir su poesía, este
es “inteligente”. Se presiente y siente en sus poemas una entidad para la que
no pasan inadvertidas las vicisitudes de la imagen y el hecho que abriga. El
lector tiene la sensación de que no está únicamente ante un “sentidor” que
expresa emociones, sino ante una voz que maneja a su voluntad el verbo, la
palabra metamorfoseada en tropos, el ritmo y el latido profundo del poema. Es
siempre uno que se encuentra en constante búsqueda de sí mismo y lo hace a
través del lenguaje, sobre todo, pero también de la experiencia propia y ajena.
Ajena, por cuanto lo que le sucede al otro puede rebotar contra él mismo, pues
somos “animales” de un corral común. Las preguntas frecuentes en sus poemas
confirman tales búsquedas. También los versos que invitan a la reflexión, a
perderse en la memoria de lo que fue o de lo que nos hubiera gustado que haya
sido: ojalá hubiera sido, yo, Niño en otra parte, / con la misma familia; /
tengo nostalgia de todo lo omitido / desde siempre, una lámina, distinta sin
duda, con las mismas personas / de esa fotografía… Con la obtención del
Premio Pérez Bonalde, este joven poeta venezolano añadía su nombre ante otros
enormes de la poesía latinoamericana que se habían hecho con dicho galardón
anteriormente: el venezolano Rafael Cadenas, el argentino Enrique Molina, el
cubano Roberto Fernández Retamar y el peruano Javier Sologuren.
El otro poeta que destacamos en este grupo de fines del siglo XX es Luis
Enrique Belmonte (1971). En 1998 recibe el prestigioso Premio Adonais, que se
otorga en España a la joven poesía, galardón alcanzado por su trabajo Inútil
registro (1999). Antes habían visto luz sus libros Cuando me da por
caracol (1996) y Cuerpo bajo la lámpara (1998). Luego vendrían Paso
en falso (2005), Pasadizo – Poesía reunida 1994-2006 (2009) y, más cercano
en el tiempo, Compañero paciente (2012). Este poeta, psiquiatra de
profesión, comparte con Moreno Villamediana la inteligencia en el poema y este
como territorio para la búsqueda de sí y de las verdades tras la que andamos
desde el inicio de los tiempos. Caracterizan sus textos un evidente cuidado de
la palabra, una delicada estructura que se patentiza en los aspectos
gramaticales particulares y un vocabulario selecto que ofrece a ojos del lector
su mundo personal. Queda el receptor delimitado por las paredes del poema y
evita así caer en la trampa de dejar que su imaginación se escape con
reflexiones infinitas. Los poemas de su Inútil registro dicen de una
precisión de neurocirujano que persigue con su instrumental quirúrgico el alma
humana, sea lo que sea que entendamos por esta. Traspasar el cristal / donde
nos espera la llama / de una vela que ayer apagamos, / y entrar con los
presagios que no se cumplieron. / Las flores desaparecidas encima del desván,
las flores / que el tiempo transfiguró en cenizas e insectos, / quizá allí,
tras el cristal, exhalen aromas olvidados / de su paso por la niebla / donde se
queda lo que se fue para ser otra cosa. Observamos, en estos versos del
libro citado, la exploración de la que habláramos, búsqueda del ser, aventura
de la palabra, ánima que cobra vida bajo la luz temblorosa del verso.
Este ensayo, absolutamente personal, ha pretendido tan solo arrojar juicios que
contribuyan a conformar un canon de la poesía venezolana gestada, escrita y
publicada durante el siglo XX. Es de advertir que muchísimos son los nombres de
extraordinarios poetas que no se mencionan acá y que un lector versado eche de
menos. Sabemos, también, que el mapa traza caminos, pero que sólo quien se
aventura en el terreno codificado en esta representación es quien tendrá la
certeza o, tal vez, la duda que persigue. Asimismo podrá, quien se acerque a
estas líneas, presentir o hacerse una idea de lo que se está conformando como
la lírica nacional del siglo XXI, ya en marcha: la poesía venezolana que
siempre será promesa de buena lectura y mejores vientos en la comarca literaria
de habla hispana.
Bibliografía para indagar en el tema
-
Arráiz
Lucca, Rafael. (2002) El coro de las voces solitarias. Caracas. Fondo
Editorial Sentido
-
Marcotrigiano
L., Miguel. (2002) Las voces de la hidra. La poesía venezolana de los años
90. Caracas/Mérida. Universidad Católica Andrés Bello/ Ediciones Mucuglifo.
-
Pantin,
Yolanda y Ana T. Torres. (2003) El hilo de la voz. Antología crítica de
escritoras venezolanas del siglo XX. Caracas. Fundación Polar
-
Pérez
Carmona, Antonio. (2004). Viaje por la poesía venezolana y el orbitar
universal. Caracas. Consejo Nacional de la Cultura.
-
Rivas D.,
Rafael y Gladys García R. (2006). Quiénes escriben en Venezuela. Diccionario
de escritores venezolanos (siglos XVIII al XXI). Edición de autor (Impresos
Minipres).
-
Vargas,
Vilma. (1980) El devenir de la palabra poética –Venezuela siglo XX–.
Ediciones de la Biblioteca de la Universidad Central de Venezuela.
-
Vera, Elena.
(1985). Flor y canto. 25 años de poesía venezolana (1968-1983). Caracas.
Academia Nacional de la Historia.
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